Una monumental Roma, donde se desarrolla el libreto, pocas veces tan bien representada en escena; unas monumentales voces, de fuerza y alcance; una monumental orquesta y dirección… Una monumental Tosca. La producción de la ópera de Puccini ofrecida por Baluarte-Agao tuvo siempre ese aire de grandeza de la ópera romántica y trágica, donde se mata y se muere como Dios manda (con perdón).

Si vamos de abajo a arriba, lo primero que destacamos es la extraordinaria dirección y prestación de la orquesta desde el foso. López Reynoso, (al que recordamos, entre otras cosas, por el acompañamiento orquestal y al piano a Camarena, -DN.16-12-18-), fue fundamental para proporcionar a las voces el empuje, muy cuidado en la regulación, tan pucciniano; aupándolas pero sin prisa; envolviéndolas, pero sin invadirlas. La orquesta sonó empastada, cálida en el arropamiento, con el clarinete tan cantor como el tenor, e inmisericorde en el metal y en los mazazos de la percusión que representa a Scarpia.

Tosca, de Puccini:

Vanessa Goikoetxea, Tosca.

Arturo Chacón-Cruz: Cavaradossi.

Carlos Álvarez: Scarpia.

David Lagares: Angelotti.

Fernando Latorre: sacristán.

Manuel de Diego: Spoletta.

Juan Laborería: Sciarrone.

Pepa Santamaría: un pastor.

Coro de la Asociación Gayarre de Amigos de la Ópera (dir. Javier Echarri).

Coro Joven del Orfeón Pamplonés (Juan Gainza).

Orquesta Sinfónica de Navarra.

Mario Pontiggia: director de escena.

Iván López Reynoso: director musical.

Producción del teatro: Massimo de Palermo.

Ciclo del Baluarte. 30 de enero de 2026.

Se agotaron las entradas (de 55 a 90 euros)

En el proscenio, las voces, en general, respondieron con esplendor y, sobre todo, fuerza, al reto de la comprometida partitura. Con unos secundarios más que correctos (Fernando Latorre, David Lagares, Manuel de Diego, Laborería, Pepa Santamaría). La norteamericana Vanessa Goicoetxea fue un descubrimiento para la mayoría del público. La gran triunfadora de la velada. Su voz y figura se imponen rotundamente, en todos sus registros. Tiene un precioso piano cuando lo ataca en la zona alta, que abre hasta lograr un volumen inusitado; quizás, al principio de la obra, nos aturde un poco, pero en la cumbre del Vissi d’arte dotó a su papel de toda credibilidad, fuerza y dramatismo, musical y teatralmente, recibiendo una de esas ovaciones que solo se dan en la ópera.

El tenor mejicano Arturo Chacón, gustó, sobre todo, por sus agudos. Se instala en su zona alta y su timbre es luminoso, corriendo por la sala con potencia. Por ejemplo, al proclamar Victoria es invencible: hizo un calderón infinito, de esos de exhibición. Su E lucevan le stelle final, también recibió una gran ovación, emocionante, sin duda, aunque siempre se le piden algún matiz más, fuera del fuerte.

Carlos Álvarez da vida al Barón Scarpia. Es una alegría volver a escucharle. Compuso el personaje con empaque, lo tiene dominado, pero, vocalmente, quedó algo disminuido, en relación con su prodigioso currículo y por el impulso de la soprano. (Un inciso: el querido profesor Ochoa de Olza decía: los dos personajes más malísimos de la Ópera son el Barón Scarpia que mata y viola por placer, no por celos (Otelo) o por reinar… y Aristóteles Onassis, por haber hecho sufrir a María Callas).

La parte coral –corta pero frondosa– estuvo bien completada por el coro de la Agao y los jóvenes del Orfeón Pamplonés: en el Te Deum llenando el espacio religioso; en la voz en off, respetando los solos. Mereció la pena hacer dos descansos porque disfrutamos de las basílicas y palacios romanos con una veracidad palpable, arquitectónicamente, pero también con un vestuario, iluminación y movimiento escénico (incluidos sirvientes, guardias…) a la altura. Mario Pontiggia, opta por la tradición, que se agradece cuando se hace con tal profesionalidad. Muchos bravos para todos, especialmente para la soprano. Una gran noche de ópera.