Hace mucho, en un piso de Azpilagaña, unas gentes estudiamos doblaje de películas. La academia cerró tras el primer año, así que algunos, pocos, continuamos nuestra búsqueda en Donosti un par de cursos más para tener al menos un título acreditativo. Lo logramos y, aunque no nos sirvió de nada profesionalmente, aprendimos algo nuevo y especial, conocimos amigos para siempre –Morote, te echo de menos– y nos sirvió para recibir clases de algunos prestigiosos profesionales. En Pamplona, Javier Ibáñez Huici fue uno de ellos. Sin conocimientos de interpretación, las clases de desinhibición y entonación que recibimos de todo un actor como Javier nos sirvieron para dar un empuje a nuestra soltura ante los micrófonos, tratando de encajar los textos en la boca de actores y actrices.
Las veces que después le vi cantando por los bares de Pamplona con su guitarra y su voz profunda se lo recordaba y él, con ese aspecto quijotesco tan llamativo, siempre sonreía recordando una de las, supongo, infinitas epopeyas culturales en las que se habría visto envuelto a lo largo de su vida. Javier y sus versiones de los Beatles a los que tanto amaba se marcharon de esta ciudad a otra parte el pasado miércoles, en un nuevo día de estos gris y húmedos que se te cuelan hasta el alma y te calan los huesos. Él suponía todo lo contrario: era alegría, música, textos hermosos, buenas canciones y luz.
La última vez que lo escuché, hace siglos, una tarde en el fantástico Malkoa, Javier, que por entonces se hacía llamar musicalmente Doctor Robert, ofreció uno de sus innumerables conciertos para deleite y disfrute de no muchos paisanos, que caían por allá y se quedaban un rato más oyendo a aquel actor-músico al que conocían de cruzárselo por las calles de la ciudad. Una ciudad que se queda más parecida a otras ciudades y menos singular cuando quien se va es alguien como Javier. Buen viaje, Doctor.