A veces ocurre. Que con 23 años quieres escribir como Umbral, incluso como Pla. Porque usan un lenguaje cargado de ingenio capaz de añadir valor añadido a lo inventado. Y eso es la literatura, dices. Y te pones a ello. Y lo haces como si hubieras vivido toda una vida para ser contada en un diario que has titulado “1978”. Así, a secas. Como si esa cifra, marcada como un tatuaje en la memoria, te sirviera para narrar un pasado sin nostalgia alguna pues aún eras muy joven para ese trote.
Vicente Huici Urmeneta, pamplonés y boomer generacional, escribió un diario mientras hizo la mili en Madrid, donde entonces todo olía a recién estrenado: el socialismo refundado, la primera marcha del Orgullo, la Constitución, las canciones de Sabina, las nuevas librerías, el rastro, el cine de autor y hasta los militares indigestos con la democracia de la Operación Galaxia.
Huici se pasea también por la Pamplona del 78, donde ETA ensombrecía aquella Umbría que novelara Sánchez Ostiz, con sus manifas, el Opus Dei, los Guerrilleros de Cristo Rey, la mesa de Alsasua, el Lebrel Blanco, el batallón vasco español y los sanfermines del 78 donde su compañero de pupitre y camarada de LKI, Germán Rodríguez, fue asesinado una tarde de bochornera a sangre fría, como en el relato de Capote, solo que aquí todo ha quedado sumido en la impunidad judicial más vergonzosa.
Huici escribe este diario en primera persona, pero no lo parece. Porque su diario es fiel a la vida vivida, no la recordada, eso es otra cosa. Porque escribe sin el valor nostálgico o ansiolítico que hoy padece la prosa del yo. Y eso es de agradecer pues demuestra hasta qué punto la literatura del yo autoficcional de nuestros días refleja un aburguesamiento de la épica literaria. Y es que el Huici de 23 años no rinde cuentas entre su yo y él mismo, sino entre los personajes que desfilan por ese año y la sociedad que los marcó. Léanlo, a veces, parece que fue ayer.