La construcción ideológica de la ultraderecha no es un accidente: es un proceso deliberado de ensamblaje de relatos, símbolos y enemigos, que previamente han sido testados con éxito por otras derechas radicales en Europa. La ultraderecha combina ultranacionalismo, populismo y adaptaciones doctrinales para ampliar su base electoral. En el Estado español ese ensamblaje se aprecia en dos movimientos.

Por un lado, la apropiación selectiva del lenguaje religioso, con especial ahínco en todo aquello que tiene que ver con la idealización de la familia tradicional. Por otro, la ruptura con el catolicismo institucional cuando la jerarquía eclesiástica respalda políticas sociales que el sector ultraconservador rechaza. La reciente reacción de sectores ultracatólicos contra la Conferencia Episcopal, tras el apoyo de ésta a la regularización extraordinaria de migrantes auspiciada por el Gobierno de Pedro Sánchez, ilustra esa tensión. El gobierno de la Iglesia española ha defendido la medida como acto de justicia social y reconocimiento de la dignidad humana, apoyando iniciativas impulsadas en el día a día por movimientos católicos de base, como Cáritas y otras entidades afines al catolicismo.

Ese respaldo ha sido utilizado por la jerarquía como argumento público, pero ha provocado la ira de corrientes más beligerantes que prefieren una lectura identitaria del Evangelio. Es significativo que, en ese choque, la ultraderecha no duda en abandonar preceptos tradicionales cuando estos entran en conflicto con su agenda política. Históricamente, las ultraderechas han mostrado flexibilidad doctrinal: abandonan o reinterpretan preceptos cuando conviene, y recuperan símbolos religiosos cuando les resulta útil para legitimar su mensaje. El fenómeno no es exclusivo del Estado; en Europa la normalización de partidos radicales ha pasado por procesos similares de reciclaje ideológico y marketing político. La lección es clara: no se trata solo de retórica, sino de estrategia. Cuando la política instrumentaliza la fe y la fe instrumentaliza la política, la democracia queda expuesta a narrativas que mezclan moralismo y exclusión. La respuesta exige claridad intelectual y periodística: nombrar las tácticas, contrastar las fuentes y recordar que la coherencia ética no se fabrica a medida para ganar votos; exigirla es una obligación cívica.