Hace años me fui de las redes sociales que poseen esos tecnooligarcas metidos a políticos totalitarios; aún así no he podido desentenderme de ellas, porque me siguen llegando sus historias a través de otros medios digitales que sigo usando. Esta semana, el anuncio del Gobierno español de limitar el acceso a menores de 16 años ha despertado no solo la queja de los ultramillonarios y de los ultras en general –que saben que, con algoritmos que priman la desinformación y el odio, perderían un aliado clave de su manipulación–, sino también dudas razonables sobre si será una medida efectiva.
Porque gran parte del mal está hecho por redes diseñadas precisamente para manipular al usuario: una adicción algorítmica que es parte central del diseño de estas ventanas al mundo. No solo nos empujan a seguir deslizando el dedo, sino que favorecen contenidos que provocan respuestas emocionales fuertes. La información equilibrada, los entornos neutros o balanceados simplemente son penalizadas por el algoritmo. Se sabe que una exposición temprana a estos sistemas que priorizan el engagement (que más que comprometerte consiste en mantenerte enganchado) afecta a la salud: menos sueño y dificultades alimentarias, más acoso e hipersexualización, menos sentido crítico y más fanatismo.
Pero no podemos olvidar que esto ya nos ha cambiado a los adultos. No podemos ser tan ingenuos como para pensar que nuestros hijos se podrán librar de algo en lo que estamos sumergidos y que, de hecho, seguimos sosteniendo, si no somos capaces de abandonar primero estos engaños del capitalismo digital y de buscar con urgencia una alternativa ética. Y, de paso, algo que debería estar en el preámbulo de cada ley digital, obligamos a sus ricos dueños a pagar impuestos y que hagan el trabajo de limpieza antes de vendernos basura.