El fútbol tiene la capacidad de ser mucho más que un juego: puede ser una herramienta educativa, un espacio de convivencia y una escuela de valores. Sin embargo, la realidad del fútbol base sigue estando marcada en demasiadas ocasiones por la presión, la agresividad, el machismo, el racismo y comportamientos que poco tienen que ver con el respeto o la igualdad. En este contexto, apoyar el fútbol femenino no es solo una cuestión de crecimiento deportivo, sino una oportunidad para hacer las cosas de otra manera.

Convertirlo en una plataforma desde la que educar en igualdad y, a partir de ahí, contribuir a transformar también el fútbol masculino. Menos violencia, más respeto y deportividad. Esa es la idea que impulsa la Fundación Nánthea, que plantea “sanar el fútbol base” poniendo en el centro a las personas. Su propuesta combina la práctica deportiva con formación en el ámbito educativo, personal y social, abordando temas como la gestión emocional, el enfoque de género o los hábitos de vida saludables, e integrando también a padres y madres en el proceso.

El proyecto comienza a darse a conocer este fin de semana en la plaza Maravillas Lamberto de Lezkairu, con un campeonato de fútbol 4x4 dirigido a jóvenes de 9 a 15 años. Será el primer paso de una iniciativa que busca crear una cantera de 40 chicas de 11, 12 y 13 años y poner en marcha, a partir de septiembre, dos equipos de categoría infantil. Más allá de los resultados, la clave está en el enfoque: entender el fútbol como un espacio para crecer, compartir y prepararse ante los retos de la vida. Su promotor, Rafael Hernández, ingeniero y psicólogo, sabe que el cambio que necesita el fútbol no llega desde la élite, sino desde la base. Y el fútbol femenino puede ser el mejor punto de partida.