Hace tiempo que dejé de participar en la mayoría de manifestaciones que tienen lugar si veo claro riesgo de que haya personas o grupos que las vayan a utilizar para sus propios intereses o filias. Sé que igual me pierdo reivindicaciones justas pero ya he estado en suficientes como para saber que hay un porcentaje de la población a la que el respeto a la idea primigenia de una reunión o celebración le entra por un oído y le sale por el otro. En la Korrika ha vuelto a pasar y ha vuelto a pasar para regocijo de la derecha –que está en general encantada con que haya exaltación de presos de ETA para meter todo en un mismo saco, aunque no creo ni de lejos que a las familias de los asesinados les guste un pelo, a mi no me gustaría en su caso– y ante el silencio de los organizadores, que deberían dar un paso adelante y cuando menos declarar que determinadas imágenes no son bien recibidas.

Si tu objetivo –muy loable– es el fomento del euskera y el 99,9% de la muchísima gente que salió a la calle está allí por eso no veo qué problema hay en decir una obviedad: no es el sitio para esto, hay otros escenarios. Otxandiano, portavoz de Bildu en el Parlamento Vasco, ha manifestado que no se responsabilice a AEK, organizadora, porque es una decisión de cada persona, pero al mismo tiempo ha pedido una “reflexión para no dañar la sensibilidad de las víctimas”. Es un paso, un paso de agradecer dentro de una estructura política que muchas veces calla y otorga ante cuestiones que no solo dañan a terceros sino que, sinceramente, dañan el objetivo de las organizaciones que celebran estos eventos. El ambiente era espectacular, la marea humana a ratos también y el objetivo es fantástico. No le veo problema a que tanto desde fuera como desde dentro –que los hay y muchos– los espectadores y participantes puedan apoyar algo sin necesidad de sentirse incómodos y parte de algo que no va con ellos.