La otra noche me puse un rato el Alchemy Live más algunos extras que no aparecen en la versión original. Escuché seguidas Once Upon In The West, Private Investigations, Tunnel Of Love, Sultans of Swing, Portobello Belle, Romeo and Juliet y el Goin’ Home que cierra el concierto. Una hora y 7 minutos de música en 7 temas, a cargo, entre otros, de Mark Knopfler, John Illsley, Alan Clark, Hal Lindes, Chris White y el increíble batería Terry Williams.
Esos 67 minutos de música escuchados 40 años después aproximadamente de que los oyera por vez primera suponen para mí lo que para otros serán Mozart, Vivaldi, Beethoven o Cole Porter o Charly Parker o la discografía entera de los Beatles y los Stones. Miren que mi me gustan Bob Dylan, Van Morrison, Neil Young, Tom Waits o Leonard Cohen, entre otros, pero creo que no hay nada editado, al menos en directo, que sea capaz de alcanzar el nivel de gloria musical que suponen esos 7 temas de los Dire Straits grabados en el Hammersmith Oden en dos noches de 1983. Ese Knopfler con cinta en el pelo y muñequeras clavado a John McEnroe, con su pendiente de aro, su camiseta blanca mítica con las flechas hacia fuera y hacia dentro, la chaqueta roja y las botas de ante y esos solos de guitarra, de piano, de batería, de saxo.
Ese estado de forma insultante, esa sonrisa, ese talento. Es demasiado para el cuerpo, sinceramente creo que es parte de la mejor música jamás creada y, sin duda, una de las mejores jamás interpretada, por una banda en estado de gracia. Los Dire Strais, sin ningún género de error la banda más infravalorada de la historia, a tenor de las listas de grandes bandas que se han ido generando y que no suelen colocarles entre los 30 o 40 primeros. Yo me río, claro. Pasé la segunda mitad de los 80 y primeros 90 con ese disco en bucle. De vez en cuando me lo pongo de nuevo y me siento como entonces. Feliz y capaz de todo. Pruébenlo.