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Rubio de bote

Patxi Irurzun

Utopías

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El músico galés Gwillym Bowes Rhys, que ha estado durante estas últimas semanas ofreciendo conciertos en diferentes lugares de Euskal Herria, cuenta y canta en su tema Ben Rhys la historia de su tatarabuelo.

Ben Rhys murió en 1861, junto con otros compañeros, tras la explosión en un pozo minero al sur de Gales. Los patronos les habían negado la compra de candiles cuya llama cambiaba de color si detectaba la presencia de gases peligrosos. Lejos de asumir su responsabilidad, los dueños de la mina solo pagaron a las familias de las víctimas la mitad de salario del día del accidente, alegando que este había tenido lugar a media mañana. 

La historia no es tan diferente a muchas de las que podemos leer hoy en cuentas de redes sociales como @soycamarero, en las que se hacen públicos intercambios de mensajes entre trabajadores y sus jefes, quienes ofrecen condiciones y salarios más propios de esclavistas o señores feudales, o en las que despiden a camareros si estos enferman o tienen que enterrar a un familiar. 

En su pequeño ensayo Utopía no es una isla, la escritora Layla Martínez hace un repaso por algunos de los mundos mejores que, desde la Utopía de Tomás Moro, diferentes pensadores y movimientos políticos soñaron para los seres humanos y, en particular, para la clase trabajadora. En la introducción del pequeño ensayo la autora señala que cuando pregunta en charlas o talleres a los asistentes cómo imaginan el mundo dentro de unos años, el escenario siempre se pone en lo peor: crisis económicas y ecológicas, regímenes fascistas, pérdidas de derechos de los trabajadores…

Del mismo modo, la ciencia ficción siempre suele tender a la distopía de tintes aterradores, en la que los humanos han sido sometidos por las máquinas, los marcianos o las ideologías totalitarias. Nadie imagina -dice Martínez- una sociedad futura en la que el capitalismo o el patriarcado han sido abolidos o en la que los trabajadores tienen horarios de veinte horas semanales y ganan lo suficiente para dedicar el resto de su tiempo a vivir dignamente.

Tal vez porque los dueños de la mina siguen pagando la mitad del salario mientras morimos enterrados en vida en trabajos alienantes a tiempo completo (los dueños de la mina, o sus representantes, serían hoy PP, Vox y Junts, que tumbaron en el parlamento el proyecto de ley para reducir la jornada laboral). 

La utopía, sin embargo, es posible, tal y como demuestran algunos de esos mundos mejores que Layla Martínez recoge en su obra y en los que quienes los imaginaron anticiparon avances para la humanidad que terminaron haciéndose realidad. Los mineros galeses, por lo demás, como Ben Rhys, trabajaban en 1861 doce horas al día y muchos de ellos fallecían prematuramente, con los pulmones ennegrecidos por la silicosis o el carbón.