Estos días es noticia el comienzo del derribo del caserón ruinoso de Curtidores, como primer paso para la construcción de un edificio de pisos de lujo, ya anunciado en el portal inmobiliario Idealista como integrado en el entorno. A su flora y fauna me imagino que se refiere esa integración. Los técnicos del ramo sabrán con seguridad más que uno mismo, que no paso de ser un particular, sobre la salubridad del lugar, donde si mal no recuerdo se abría la boca de una antigua alcantarilla de la vieja ciudad. Por pura casualidad asistí desde el paseo de ronda al incendio del edificio cuando ya estaba en riesgo de derrumbe y okupado ocasionalmente por marginados a sus picos.

Tengo un recuerdo juvenil del edificio porque enfrente estaban las instalaciones del Club universitario de remo, el Club Arga, donde se guardaban los kayaks. Hice remo en varias ocasiones con mi personaje novelesco El Moro, que tenía toda clase de complementos comprados en una tienda de deportes de Madrid, incluido un traje de neopreno; eso debió ser hacia 1967 o 68 porque antes de esas navegaciones en aguas de más que dudosa limpieza, pasar por allí era para sentirse Huckleberry Finn. Un poco más arriba del río, casi bajo los corralillos de Santo Domingo estuvieron, según me contaba mi padre, las edificaciones del merendero y embarcadero de la Pequeña Venecia.

Todavía, en mis años mozos, quedaba una barca vieja medio hundida en el río. No recuerdo bien si el bravo escritor Rafael García Serrano cita ese rincón en sus memorias falangistas y pamplonesas: La Gran Esperanza se titulan. Volviendo al puente y al edificio del club Arga, frente a Curtidores, hubo allí en el rincón un comercio de viejorrerías atendido por gitanos, que llegó a tener algunas buenas piezas. Dicho lo cual, por encima de la barandilla del puente, donde vi, de crio, apostados pescadores de barbos, sé que hubo la pésima costumbre de tirar desde allí al rio lo que sobraba o era mercancía non sancta. Menos mal que ni el agua ni el cieno hablan o tienen memoria y dragarlo no lo van a dragar porque total para qué. No creo que nadie tenga la ideíca de intentar hacer nuestro poco de rio, navegable

Es una pena me digo que aquel caserón con su poco de historia, que creo pintó Basiano, se arruinara para convertirse en viviendas de lujo, de las que Pamplona ya va más que servida; pero no parece que hubiese habido otra alternativa, descartado el hotel boutique y restaurant que se proyectaba hace años. Mejor hacerse a la idea de que, al paso que vamos, a la Pamplona de nuestra melancólica memoria le esperan con los brazos abiertos los derribos en serie.