Nos atrae lo falso. Es un mecanismo de la conciencia. Está ahí, aceptémoslo. Nos fascina lo ficticio, Lutxo. Nos captura la atención porque nos estimula la imaginación. Y de hecho, necesitamos la imaginación para no desaparecer, no lo olvidemos. La necesitamos tanto como el oxígeno.
No obstante, ¿se puede acusar en falso y no pasa nada? Me refiero a este país en concreto: al estado de la política nacional en el presente, ya me entiendes, Lutxo. ¿Se puede? ¿Tú, qué crees? ¿O depende de quién lo haga? Acusar en falso es una cosa muy seria. Debería serlo, esto ya lo dijo un emperador y un Papa.
Acusar en falso sale gratis para algunos. Eso ya lo vemos. Ahora bien, no para todos. Esta es la cuestión torcida de hoy. Acusar en falso, alzando mucho el maxilar, sabiendo que a ti no te va a pasar nada, (porque tú eres tú), tiene que hacerle mucha gracia a uno. Al que pueda hacerlo. Aunque yo no me atrevo. Soy precavido. Y creo en la ley del karma.
Ver mentir con tal fiereza y tan mala intención a todas horas, a todos los niveles, tiene que ser perjudicial para la salud. Eso crea ambiente: envenena la atmósfera. Hasta que todo el mundo acabas entendiendo que la verdad racional ya no importa tanto. Yo atesoro la esperanza de que este fenómeno mediático dure poco.
Pero, mientras dura, hay que protegerse contra él. El ruido irracional es muy malo para la mente. Y abunda. Eso sí que es una pandemia peligrosa. Hay que intentar bajar el tono. Decir menos burradas. Y tiene que empezar uno. Tienes que empezar tú, Lutxo, lo siento.
Revolucionario será aquel que consiga revolucionarse a sí mismo, dijo Wittgenstein. Se dicen tantas burradas por minuto que callarse debería considerarse un rasgo de inteligencia, ¿no te parece, Lutxo? Sabes que sé que sabes que tanto ruido es muy malo, le digo. Y me suelta: Esperemos que sea para bien.