Todos los posible debates –pasados, presentes y futuros– que tienen como marco la educación de las niños y niñas navarros cuentan, de base, con un componente emocional tan potente que es prácticamente imposible navegar por ellos sin caer en injusticias ya sea con unos o con otros.
La coexistencia desde hace décadas de dos modelos –pública y concertada, aunque también hay privada no concertada, muy residual– que son necesarios para la red dados los porcentajes que acumulan cada cual, la fortaleza que hay en ambos modelos en cuanto a nivel de padres y madres detrás, partidos políticos, trabajadores, sindicatos, alumnos y alumnas, dinero y toda clase de intereses convierte cada movimiento de ficha que suponga la quiebra de alguna costura en un amago de cataclismo. Las cifras pueden decir que si hay menos alumnos que antes esto lleva a que haya menos aulas pero de repente surgen inconvenientes obvios a esa idea primera que te resitúan, con casos concretos de perjudicados sin comerlo ni beberlo o caminos distintos a tomar, como bajadas de ratios, etc.
No es tan sencillo como las meras cifras. Por ese motivo, visto desde fuera y sin conocer los entresijos de un sector terriblemente sensible y con legislación y peculiaridades como para aplastar a una manada de elefantes, quizá lo que se imponga, como bien comentaba ayer en la página 3 Juan Ángel Monreal, es un trabajo a medio y largo plazo en el que se pongan sobre la mesa todos los asuntos en juego y que todos los modelos existentes sean exigidos según sus derechos recibidos, clarificando situaciones y todas las posibles cuestiones básicas que la educación infantil y primaria tienen que atender. Y, como ocurre con la sanidad, quizá sea también este otro ejemplo de asunto transversal que necesite de todos los partidos del arco para llegar a acuerdos que permitan reglas claras para todos y los menos soponcios posibles.