El buzón de entrada del correo de la Consejería de Salud tiene que haber petado. Música ambiente en los despachos nobles del Departamento, con la voz intensa de Raphael: “A veces llegan cartas con sabor amargo, con sabor a lágrimas. A veces llegan cartas con olor a espinas que te hieren dentro de tu alma”. Si fuera “a veces” resultaría llevadero, pero el cartero llama todos los días. El digital y el analógico. El que descarga e-mails y el que desborda el buzón. Diferentes remitentes de bata blanca: servicios profesionales, colectivos médicos, centros sanitarios, enfermeras, celadores, administrativos. Variedad de membretes y firmantes. Sensación ciudadana de fracaso multiorgánico, con indefinición en el diagnóstico e ineficacia en las medidas terapéuticas. Y vienen malos meses para el análisis escrupuloso, la reflexión profunda, el diálogo calmado y buena planificación. El virus electoral amenaza con la infección.

Mientras, los hospitales privados destinatarios de las derivaciones y los seguros privados se benefician de la situación. El derecho público a la salud transformado en negocio. La Administración Pública cronifica sus incompetencias por la mirada corta de sus gestores políticos. Apaños a corto plazo. El placebo de las peonadas y la servidumbre de las derivaciones. Las decisiones esenciales son demasiado comprometidas en su adopción, procelosas en su aplicación y dilatadas en sus resultados finales. Se ignoran las demoscopias profesionales y sociales. Como si sorprendieran el aumento de la población, su envejecimiento, la extinción de titulados por el mecanismo de la jubilación y la cortedad del número de posibles sustitutos. La burocracia, la productividad, la rigidez funcional y la compatibilidad público-privada en el desempeño profesional coadyuvan a la situación. Un problema con décadas de historia y con mucho tiempo por delante. No lo resolverá este consejero. Ni el siguiente. Aunque fuera del Sindicato Médico.