Síguenos en redes sociales:

Prejuicios

Prejuicioscedida

Tengo un amigo hace 18 años a 7.400 metros en un ochomil y desde siempre me he preguntado si merece la pena vivir una vida en la que asumir riesgos físicos o no y siempre me he contestado que, con el debido entrenamiento, prudencia y experiencia, sí merece la pena o, cuando menos, yo igual no la vivo ni la he vivido ni la viviré pero jamás osaría criticar a quienes sí lo hacen.

A veces, claro, me entran las dudas, algo por otra parte imagino que muy lógico, puesto que cuando el resultado de una pasión es la muerte es normal que se analicen las situaciones de manera diferente o, dicho de otro modo, con más matices, aunque no supongan una enmienda a la totalidad. Y luego está el escenario. No sé por qué pero estoy acostumbrado a las muertes en la montaña, es algo que de siempre ha acompañado a esta actividad y que, normalmente, ha tenido un componente humano básico: una enfermedad, un resbalón, una mala decisión. O incluso un componente de la naturaleza: una tormenta, un alud, el frío intenso. A veces, sí, interviene el material: una cuerda que se rompe, un tornillo que se afloja y salta, una máscara de oxígeno que se congela.

Pero entiendo esas muertes como parte de un proceso en cierta medida más natural. No me ocurre esto cuando oigo noticias como el fallecimiento de cinco personas que buceaban en las Maldivas, cuyos cuerpos aún no han sido rescatados y cuyas causas aún no se conocen. Quizás es que no haya convivido con esa pasión ni de lejos como he convivido con el placer de seguir las noticias y relatos del Himalaya, pero cuando pasa algo así siempre me asalta la pregunta: ¿es preciso arriesgarse a esto, a estar tan en manos de una tecnología que puede fallar, habrá sido la tecnología u otra cosa? Y en cuanto me la pregunto me doy cuenta de que estoy cayendo en lo que no me gusta que se caiga cuando se hace referencia a la montaña. Que descansen en paz.