Ayuno energético

28.02.2020 | 03:09

Tosía y se ponía ropa encima, hasta que llegó a usar en casa el abrigo. Demasiado tarde, su debilidad cayó ante los virus y a los pocos días moría. No era la nueva plaga que del lejano oriente con espanto venía, era un mal curado catarro que en lo peor mutara. Hay edades frágiles, cuerpos que con facilidad se rompen. No es una quimera lo que aquí se cuenta. Según los estudios que ahora van saliendo a la luz, casi uno de cada diez hogares españoles pasaron frío el pasado invierno, viviendo con una temperatura inadecuada para la salud. A sus consecuencias les llaman "muertes debidas a la pobreza energética", señalan 7.100 para 2019. La brutal subida de los recibos eléctricos o el coste general de la energía, la poca inversión en las alternativas que nos darían autonomía ha llevado a enriquecer a los accionistas de grandes compañías, mientras que no pocos sufrían las consecuencias. Un país rico como el nuestro carga a su espalda con más criminales defunciones que las producidas por la tremenda peste amarilla que ahora parece nos asola en mil y un sitios del planeta. ¿Cuántos cadáveres tendremos este año debido a la miseria? La cuaresma comenzó después de anularse el mítico carnaval de Venecia, tal es el miedo que ha cerrado universidades y escuelas en Italia. El ayuno energético es triste y patético, sobre todo en países tan ricos como el nuestro. Otra cosa es el ayuno benéfico que por motivos de salud tantos siguen, para adelgazar o renovarse, o el que los cristianos seguimos por estas fechas, cuando se nos impone sobre la cabeza la ceniza y nos recuerdan lo poco que somos ante el universo. Acostumbrados a disfrutar de todo tipo de viandas que de los extremos del planeta nos llegan exquisitas, mariscos americanos, corderos de Nueva Zelanda, frutas del África negra, aprender a contenerse y dominarse no parece mala receta. Hay quienes consideran el declive religioso de Occidente basándose sobre todo en que nos hemos refugiado en el abdomen y vivimos demasiado cómodos en torno a nuestros caprichos, sin entregarnos a ideales ni a transcender para también ayudar a otros, para superarnos, salvo en nuevos goces. De ahí que el mensaje de penitencia resulte tan chocante en nuestros días, pues somos demasiado vividores y poco contenidos, en unos tiempos en que todo tiende a contraerse, pues este será el siglo del ahorro y los micro rendimientos como el pasado lo fue de los derroches consumistas y las grandes guerras. Nuestro gran tenor, Plácido Domingo, ha confesado, finalmente, que acosaba a las mujeres. Nueve de cada diez féminas se han sentido en las calles molestas, y casi dos de diez en su puesto laboral fueron requeridas por machos depredadores para demandas rijosas. La continencia puede ser buena.