La carta “Menos fariseísmo y más regulación” parte, a mi juicio, de una premisa equivocada: da a entender que quien ha visto reducirse la compensación de excedentes fotovoltaicos es víctima de una regulación injusta, cuando en muchos casos el problema es una mala comprensión -y un mal planteamiento- del propio autoconsumo.

Conviene decirlo con claridad: muchas personas han realizado instalaciones fotovoltaicas ligando su rentabilidad a las ayudas públicas y, sobre todo, a la monetización de los excedentes. Y ese es el error de base. La rentabilidad de una instalación de autoconsumo no debería depender de vender energía, sino de consumirla cuando se produce. Autoconsumo, literalmente.

La respuesta habitual suele ser: “es que en esas horas no estoy en casa”. Exacto. Ahí está el problema. Se ha instalado más potencia de la necesaria o no se han planteado soluciones compartidas o ajustadas al perfil real de consumo. El resultado es una expectativa irreal de ingresos por excedentes que el sistema nunca ha garantizado.

Además, existe una paradoja bien conocida en el mercado eléctrico: cuantas más instalaciones fotovoltaicas hay -tanto de autoconsumo como de generación a gran escala- mayor es la producción en las horas solares, que coinciden precisamente con algunas de las horas de menor demanda. Más oferta y menos demanda implica precios bajos. Por eso durante muchas horas al año el precio mayorista en horas solares es cercano a cero o incluso negativo, lo que inevitablemente se traslada a la compensación de excedentes en el mercado libre.

No es fariseísmo ni falta de regulación: es el funcionamiento normal de un mercado marginalista con una alta penetración de renovables. Pretender precios altos para los excedentes en ese contexto es desconocer cómo se forma el precio de la electricidad.

En definitiva, más que buscar “mejores contratos”, la clave está en electrificar consumos (calefacción, agua caliente, movilidad), desplazar usos a las horas solares y aumentar la tasa de autoconsumo. Solo así se reduce de verdad la dependencia del mercado eléctrico, que es -o debería ser- el verdadero objetivo del autoconsumo fotovoltaico.