Atendieron a su cruda hora y se entregaron por entero. Honramos a los valientes obreros que cayeron por la justicia y la libertad, pero nuestro homenaje anhela desbordarse, tornar cada vez más inclusivo. No solo nuestros muertos, sino todos los muertos. El 3 de marzo de 1976 fue terrible en Vitoria, pero desde entonces nuestros asfaltos han sido regados por mucha sangre humana. Nuestra memoria se resiste a seguir distinguiendo. Se ha pasado demasiado tiempo clasificando los colores de los caídos, hurgando en sus bolsillos el carnet de partido. A estas alturas nuestros muertos ya no detentan la exclusividad del recuerdo.
Nuestra tierra fue testigo de exceso de violencia política. Medio siglo no da para que la memoria caduque, pero sí para que la mirada se amplíe. No deseamos seguir ceñidos, abrazados a nuestras solas y exclusivas víctimas. Fueron muchas más. Fueron de uno y otro lado. Mucha cera arrinconada, olvidada aguarda a que se pose nuestra llama.
Los muertos de ayer no perpetúen la confrontación hoy. Cincuenta años de la matanza de Vitoria quizás sea el momento de cavar a los cuatro vientos, de ensanchar nuestras tumbas, de repicar por unos y por otros nuestras Campanades a mort. Cantamos también con Lluch al joven uniformado que no tiene quién le cante. Salgamos a otros prados, reunamos nuevas flores de forma que ninguna memoria quede sin perfume.
Sentir, vivir unos y otros muertos como nuestros propios muertos constituirá paso necesario hacia la pendiente y definitiva reconciliación.