No puedo seguir guardando silencio ante la situación tan grave que pretenden imponernos en nuestro pueblo. El silencio, en este caso, también duele.

Quisiera comenzar compartiendo algo muy personal. Padezco una enfermedad rara llamada Sensibilidad Química Múltiple (SQM), diagnosticada en 2011. Desde entonces, mi vida cambió por completo. Mi mundo se redujo a las paredes de mi casa, el único lugar donde aún puedo sentirme protegida, evitando salir y exponerme a cualquier olor o químico que pueda desestabilizar mi ya frágil salud.

He tenido que renunciar a gran parte de mi vida: a amistades, a visitas familiares, a la espontaneidad de lo sencillo. Actualmente solo recibo visitas de mis hijos y nietos, siguiendo siempre un estricto protocolo para no agravar mi estado. Incluso mi alimentación depende de este cuidado extremo: mi marido cultiva un huerto ecológico destinado principalmente a cubrir mis necesidades.

Y es precisamente ese pequeño refugio, ese huerto clave en mantener mi salud, el que ahora se ve amenazado. La planta de biogás se proyecta a tan solo 300 metros.

Ya en verano hay días en los que no podemos abrir las ventanas por los olores, que el calor intensifica y que en mi caso resultan insoportables. Ventilar no es un lujo para mí, es una necesidad vital. ¿Qué será de mi vida si se instala una planta de biometano que gestionará miles de toneladas de residuos cada día? Sinceramente, me asusta pensarlo. Mi calidad de vida, ya muy limitada, se vería gravemente comprometida.

Pero no escribo estas palabras solo por mí. Escribo por todas las personas de este pueblo que llevan tiempo luchando, alzando la voz con dignidad para intentar que se escuche lo evidente: que esta decisión nos afecta a todos y a todas. Y me pregunto, con una mezcla de tristeza e incredulidad: ¿Cómo es posible que un proyecto de tal magnitud no haya contado con la voz de quienes vivimos aquí? Estamos llamados a votar, pero no a opinar cuando está en juego nuestro presente y nuestro futuro.

Ojalá estas palabras lleguen a tiempo. Ojalá sirvan para detenerse, para reflexionar, para ponerse en el lugar del otro. El bienestar no puede ser un privilegio de unos pocos; debe ser un derecho de todas y todos.

Arróniz merece ser escuchado. Merece ser cuidado.

Y no quiero terminar sin dar las gracias, de corazón, a los y las jóvenes valientes de nuestro pueblo que están luchando hasta el final por una causa justa, defendiendo el futuro y el bienestar de Arróniz.