El Club de Pesimistas

17.01.2021 | 13:21

Mi último artículo, concretamente el de la semana pasada, lo reconozco, rezumaba pesimismo a raudales. Así me lo comentó mi amigo Eduardo y no tuve más remedio que darle la razón aunque, quizás como justificación no solicitada, le respondí que era lo que tenía convivir y trabajar con y por los baserritarras, esos productores de alimentos y modeladores del paisaje que hace unos cuantos años, una empleada del ayuntamiento de Azpeitia, identificaba como "los de las manos con los dedos gordos".

Otro amigo, hablando de pesimistas me llegó a sugerir luchar por la presidencia del Club de Pesimistas y para ir rearmando mi corpus teórico, me sugirió la lectura del blog "La nuestra Tierra" que con un bello estilo literario, al menos a mí me lo parece, aborda diferentes temáticas agrarias y rurales, eso sí, con un pesimismo que deja el mío al nivel del optimismo moderado. Indagando en el mismo, he disfrutado con una entrada titulada "la inexorable muerte de los pueblos" donde se plantea, de forma acertada a mi parecer, el creciente debilitamiento de la sociedad civil rural, la flaqueza de los mecanismos solidarios inherentes a la sociedad rural y la dejadez de funciones, hasta ahora realizadas por los vecinos, en manos de la topoderosa y omnipresente administración.

Ahora que tenemos medio país (ósea, Madrid y alrededores) bajo la nieve, en dicha entrada se alude a la limpieza de la nieve en caminos, accesos y/o calles por parte de los vecinos pero creo que este preocupante traspaso de funciones y tareas a la administración alcanza esferas de la vida hasta ahora impensables como los festejos donde, por ejemplo, son los propios empleados del ayuntamiento quiénes se encargan de aprovisionarse de maderas y demás material fungible, montar y vallar la hoguera de San Juan y además, esa tarde-noche (con el consiguiente sobrecoste por salirse del horario funcionarial), son los encargados de vigilar la seguridad del evento y garantizar que los niños salten adecuadamente no vaya a ser que, alguna familia, reclame indemnización alguna al consistorio.

Pues bien, a lo que iba, en este gélido contexto, el FEGA, organismo del Ministerio de Agricultura, ha publicado el informe de ayudas directas y desarrollo rural correspondiente al año 2019, un análisis de la edad y sexo de los perceptores que merece leer con atención para conocer los detalles de la distribución de las ayudas PAC en nuestra tierra.

Comienza detallando que en el Estado español en 2019 hay 611.642 perceptores de ayudas (frente a los 800.000 del 2016), de los que el 91,85% son personas físicas y el 8,14% restante son personas jurídicas (Sociedades civiles, comunidades de bienes, cooperativas, etc.) mientras que si nos fijamos en lo relativo a los importes comprobamos como las personas físicas perciben el 62,57% de las ayudas y las personas jurídicas, el 37,43% restante. Por otra parte, la distribución de las ayudas directas por sexo nos muestra que el 62,84% de los perceptores son hombres y el 37,15% mujeres
Más llamativo, además de preocupante (como verá, el pesimismo me brota por los poros de mi piel), es la distribución de ayudas si nos fijamos en la edad de los perceptores donde los mayores de 65 años suponen el 38% de los perceptores y perciben el 26,41% de los importes, los que tienen entre 40 y 65 años suponen el 53,07% y perciben el 59% de los importes, los que están entre 25 y 40 años el 8,24% y perciben el 13,22% de los importes, y, atención al dato, los menores de 25 años suponen el triste 0,69% de los beneficiarios con un 1,37% de los importes.

El paupérrimo 0,69 es la media del Estado por lo que puede imaginarse que mientras hay comunidades autónomas que superan dicha cifra, Cantabria y La Rioja con un 1,72% son las dos más altas, las hay que rayan el cero patatero como la Comunidad Valenciana con un 0,26% mientras Euskadi, cuenta con un 0,55%, por debajo de la media, no nos ofrece datos para el optimismo.

Cuando se analiza la evolución demográfica y la baja natalidad se expone una pirámide inversa que te deja el alma helada pero, visto lo visto, si nos fijamos en los datos relativos a la edad de los perceptores, sin olvidar que estos datos se refieren a los perceptores y que por ello no reflejan exactamente la realidad del sector puesto que siempre hay gente que no percibe ayudas directas, la pirámide pierde sentido y deberíamos hablar más del trapecio que de pirámide dado que la parte inferior, la más joven, es casi inexistente.

Ahora bien, como dice el refrán, el que no se consuela es porque no quiere, y así, teniendo en cuenta que en el argot de la política agraria europea, los llamados jóvenes agricultores alcanzan hasta los 40 años, bien podríamos afirmar que los jóvenes suponen el 8,93% de los perceptores. En un ramalazo de pesimismo que me ataca sorpresivamente caigo en la cuenta que ese irrisorio 9% refleja el porcentaje de los que ya han alcanzado, aproximadamente, y perdón que uno es de letras, el 60% de su vida laboral.

Aún así, ahora que mi lado pesimista no se entera, a pesar de todos los pesares, quisiera ser optimista puesto que creo que las grandes tendencias de fondo (crecimiento exponencial de la población, los valores cambiantes de la sociedad europea, la mayor preocupación por la salud individual, la identificación de la alimentación como fuente de salud, la concienciación por el cambio climático y con ello, mayor aprecio por el producto local, etc.) nos son favorables en lo que a futuro se refiere.

Ahora que lo pienso, creo que voy a rechazar la propuesta de presidir el Club de Pesimistas y para demostrar que no soy un pesimista recalcitrante, incluso, voy a ponerme a leer un magnífico informe de la Comisión Europea titulado "Farmers of the future" que, según mi inglés macarrónico, vendría a ser, los agricultores del futuro.