La muerte de Isabel II, ocurrida hace unos días en su castillo escocés de Balmoral, ha supuesto muchas cosas en muchos ámbitos, ha afectado a personas de todo el mundo. Es un suceso que tiene connotaciones políticas, sociales, culturales y sentimentales, un acontecimiento que a partir de ahora y a lo largo de los próximos años desencadenará consecuencias de diversa índole. Uno de esos efectos, apreciable ya en las reacciones y en el ánimo que ha quedado en la gente tras el fallecimiento de Elizabeth, es lo que podríamos llamar “el final del cuento”.

Y es que su reinado, su forma de reinar, ha sido como un largo cuento, ha funcionado como tal. Me refiero a que su modo de ser reina, su manera elegante, discreta, distante y digna de comportarse como Queen durante siete décadas ha conseguido que muchos republicanos hagan una excepción con ella, que individuos de todas las edades, orígenes, condiciones y circunstancias hayan simpatizado con ella, que una de las democracias más avanzadas del planeta haya aceptado la monarquía como forma de Estado por mucho que ésta sea, en esencia, una institución caduca, propia de tiempos en que la mayoría de los derechos y libertades estaban negados.

Si hablo de un cuento es precisamente por eso, porque la de Isabel II ha sido una historia que hemos vivido con intensidad, un relato de bodas, coronaciones, castillos, carrozas, palacios, jardines y flores, de capas, estolas, cetros y caballos, de una monarca y su pueblo, de una reina y sus súbditos, de una corte con damas de honor, pajes y cambios de guardia, ha sido un cuento que nos hemos creído.

En su ensayo Por qué nos creemos los cuentos, Pablo Maurette indaga en la relación que se establece naturalmente, en los casos afortunados, “entre nuestra sensibilidad y la dimensión estética de una obra”, llama a ese vínculo compenetración y explora los elementos que la hacen posible. Entre éstos destaca la evidencia, que a continuación define como la “aceptación sin cuestionamientos, inmediata y completa del mundo propuesto por la obra, y que se manifiesta cuando nos compenetramos con ella”. Maurette prefiere el término evidencia al de verosimilitud, pues considera que aquél es algo más primario y más preciso a la hora de entender lo que ocurre en nosotros cuando leemos una historia que nos persuade.

Sí, está claro que entre Isabel II y el conjunto de los ciudadanos británicos hubo compenetración, es decir, ella supo persuadirles de la oportunidad, de la necesidad, de las ventajas de contar con una figura como la suya. Y lo paradójico, otro rasgo propio de los cuentos, otro de los elementos que contribuyen a que sean creídos, es que cuanto más pompa, más boato, más glamour, más lujo, más protocolo y más tradiciones vinculadas a la Casa Real había, más fidelidad y confianza obtenía Elizabeth de sus súbditos, más incondicional era su apoyo.

Sin embargo, igual que en literatura entre obra y lector, esa compenetración entre monarca y pueblo no surge siempre, y cuando se da, no tiene por qué ser eterna. En ejemplos como el de Juan Carlos I en España, vemos cómo el hechizo se desvanece y cómo el vínculo se rompe. Por distintos motivos, deja de haber “aceptación sin cuestionamientos” y el cuento deja de funcionar, ya no nos lo tragamos, se nos cae de las manos como un libro mediocre. En ese ámbito tan delicado de los reyes y las reinas, ocurre que entonces, en el momento en que dejamos de creernos el relato, quedan a la luz todas las costuras, todo lo que de anticuado, irracional, injusto, obsceno y corrupto hay detrás de las monarquías y que sólo a veces, como con Isabel II, permanece oculto o aparcado gracias al encanto de lo mítico, gracias al misterio de lo legendario.

En los artículos y semblanzas que se han escrito desde su muerte, se han destacado los factores decisivos en el éxito de su reinado: el hecho de que no opinara en público de los asuntos relevantes para su país, que no mostrara preferencia por ningún partido ni ideología, que estuviera por encima de cualquier disputa política, que no protagonizase ningún escándalo financiero ni sentimental. He ahí gran parte de su secreto. Y siguiendo con el símil de antes, con la alusión a ese cuento que se ha acabado, aquí cabe utilizar también la expresión fórmula emocionante. Con ella, en el contexto de la literatura, me refiero a una combinación armónica de ingredientes, a esa proporción idónea de los componentes literarios que está detrás de los grandes textos y que da lugar a la emoción en el lector. Pues bien, la fórmula emocionante de ese cuento titulado Isabel II contiene, además de esos aspectos mencionados más arriba, otros como su longevidad, su cutis de princesa, su ropa de colores, sus bolsos llenos de significado y esa impresión que nos deja de haber muerto sin enfermedad.

Hay un último matiz en relación con ella. Igual que nos sucede con algunas novelas, con esas que son célebres por la grandeza de su protagonista, quizá el factor que ha hecho más creíble a este personaje inglés llamado Elizabeth haya sido nuestro deseo de que exista alguien así, tan diferente del resto, nuestra esperanza de que pueda haber alguien, en algún lugar, que esté a salvo de las miserias humanas, de los enfrentamientos estúpidos, de las preocupaciones diarias, de la vulgaridad y de la estridencia de tantos personajillos opinando de todo a la vez. Sí, también en este cuento que ahora termina nos hemos creído al personaje por la sencilla razón de que lo necesitábamos.

Colorín, colorado...