Josep Borrell pasó por Navarra en un encuentro organizado por DIARIO DE NOTICIAS y nos dejó un espejo incómodo por el que mirarnos: nos creemos el centro del universo, pero la realidad es que la Unión Europea está desunida, no tiene una postura clara ante los conflictos y guerras del mundo y, a la hora de la verdad, pinta más bien poco en el tablero internacional.
Mientras Washington y Pekín se reparten el mercado, Europa observa la cumbre de ayer como un espectador lento. China nos ha ganado la partida industrial y tecnológica, y nosotros andamos ahora intentando copiar, tarde y con miedo, sus reglas de juego para no perder el control. Tenemos como UE debilidades estratégicas, militares y, sobre todo, un problema enorme: no nacen niños. Borrell lo dijo sin rodeos: o asumimos que nuestros nietos no están por la labor de reproducirse, o aceptamos que necesitamos que venga gente de fuera a “echarnos una mano”. Y ahí surge la paradoja.
Estamos envejecidos, bloqueados y vulnerables pero Europa sigue siendo un imán brutal. La gente arriesga la vida por pisar nuestro suelo porque a la vez representamos algo que escasea: libertad política, progreso económico que se traduce en sanidad, educación y un plato de comida, y cohesión social. Somos el reflejo de la prosperidad. Ellos buscan un futuro y nosotros los necesitamos. Abandonemos la soberbia para “repensar” -dice Borrell- qué Europa queremos construir. En este contexto, iniciativas como la de Navarra -que ayer defendió su presidenta Chivite- por subirse al tren de la industria verde y modelar un “progreso compartido” muestran que hay territorios que intentan no quedarse atrás, adaptarse y encontrar su sitio en un mundo que cambia deprisa.