Me despierto un sábado por la mañana con una noticia abierta en el móvil. Leo despacio. Vuelvo a leer. El Tribunal de Estrasburgo condena al Estado español por una doble violación ocurrida en Pamplona en 2016. Sumisión química. Pérdida de pruebas. Investigación “manifiestamente inadecuada”.
Cierro el artículo y pienso: podría haber sido yo. O mi hija. O cualquiera de mis amigas.
Podría ser aquella noche en la que salí con ellas por Calderería. Recuerdo el principio: las risas, el frío en la cara al salir de un bar, la música de fondo, el último kalimotxo apoyada en la barra. Recuerdo estar bien. Recuerdo estar tranquila.
Y después, nada.
Un vacío denso. Una parte de la noche completamente opaca. No hay imágenes, no hay continuidad, no hay relato. No sé cómo salí de allí, con quién, a dónde fui. No sé qué pasó. No sé qué me hicieron.
Lo único que permanece es el cuerpo.
El dolor al despertar.
La rigidez.
Las marcas en el cuello.
Los moratones en los pechos.
La sensación de asco, de extrañeza, de habitar un cuerpo que ya no reconozco como mío.
Y entonces llegan las preguntas, todas a la vez, atropellándose. ¿He soñado? ¿He bebido demasiado? ¿Estoy exagerando? ¿Cómo es posible no recordar nada y, sin embargo, sentirlo todo?
Después llegan la vergüenza y la culpa. El odio. La ira. Y, sobre todo, la soledad. Porque tengo familia, pareja e hijos. Porque no sé qué ha pasado, no tengo recuerdos. Porque ¿cómo explicas algo que ni tú misma sabes nombrar?
Esta no es mi historia.
Pero podría serlo.
Podría ser la mía, la de mi hija, la de mis amigas. La de muchas chicas y mujeres navarras que un día deciden salir a tomar algo sin pensar que esa decisión pueda cambiarles la vida. Mujeres que, tras conocer esta sentencia, ya no solo temen la agresión, sino algo quizá aún más devastador: la certeza de la impunidad.
Ahora sabemos que hubo una cadena de complicidades. Cuatro hombres que actuaron con planificación. Un policía foral que facilitó la droga. Un policía nacional que alertó a los implicados y participó en la destrucción de pruebas junto a su compañera de profesión. Dos hombres que drogaron a dos mujeres, las violaron mientras estaban inconscientes y las introdujeron después en un taxi sin rastro de urgencia o culpa. No fue un impulso. Fue una acción consciente, sostenida por la convicción de que nada les ocurriría. Y no les ocurrió.
Las pruebas desaparecieron.
Las grabaciones se borraron.
Los discos duros se destruyeron.
Hubo conflictos de intereses dentro de la propia investigación policial.
El caso se archivó una y otra vez hasta quedar impune. No llegó siquiera a juicio.
No fue solo violencia sexual.
Fue también una violencia institucional sostenida en el tiempo.
Desde que esta noticia se ha publicado, muchas mujeres vivimos con una sensación distinta. No porque el peligro sea nuevo, sino porque ahora tiene nombre, fecha y lugar. Sabemos que quienes lo hicieron podrían ser nuestros vecinos, compañeros o amigos. No sabemos si son padres o parejas de alguien. Y sabemos que no solo no han asumido ninguna consecuencia, sino que han salido reforzados por un sistema y una fratría masculina que se protege a sí misma. Cuando los hombres se tapan entre ellos, la impunidad no cierra un caso: lo deja abierto. Y deja abierta también la posibilidad de que haya vuelto a ocurrir.
¿Cuántas veces lo habrán hecho antes?
¿Cuántas mujeres despertaron con el cuerpo dolorido y la memoria rota sin atreverse a decir nada?
¿Cuántas aprendieron que no recordar no las protege, sino que las deja aún más solas?
La sumisión química no solo anula la voluntad durante la agresión. Anula también la posibilidad de contar lo sucedido con claridad. Rompe el relato. Desordena el tiempo. Coloca a las víctimas en una posición de extrema vulnerabilidad frente a un sistema que sigue exigiendo coherencia, detalles y certezas.
Esta sentencia no habla solo de 2016. Habla del presente. Nos interpela como sociedad y como comunidad. Porque mientras una violación pueda quedar sin investigar de forma rigurosa, mientras la pérdida de pruebas no tenga consecuencias reales, mientras la palabra de las mujeres siga siendo puesta en duda, salir de casa seguirá siendo, para muchas, un acto de riesgo.
No fue mi historia.
Pero podría haberlo sido.
Podría ser la de mi hija.
Podría ser la de cualquiera.
Y eso, como sociedad, debería horrorizarnos.
La autora es doctora en Psicología