Osasuna se encuentra sumido en una crisis galopante en la que la dolorosa derrota ante la Real Sociedad va por ahora como partido culminante de la debacle, del crujir de dientes. El equipo de Lisci acumula cinco encuentros de Liga sin ganar y, lo que es peor, muchas malas sensaciones de un grupo que anda sin rumbo claro, sin capacidad de reacción, desarbolado con un par de empujones del rival, proclive al desorden y sin continuidad en su juego. Lo que se prometía como una temporada atractiva, con personalidad en los partido en El Sadar y fútbol a pecho descubierto, ha dado paso a un fútbol atenazado y a arreones, en el que la falta de confianza –la ausencia de resultados lleva a las dudas y las dudas no ayudan a tener resultados, es el habitual círculo vicioso– es evidente en un grupo que no encuentra remedios en otras partes, porque no sabe lo que es ganar como visitante.
Osasuna, que se ató a la esperanza en el primer tiempo tras un buen gol de Catena en el saque un córner –bendito balón parado–, fue liquidado en el segundo por una demostración de autoridad, convicción, pegada y superioridad de la Real, que se aprovechó de la fragilidad defensiva de los rojillos, de sus errores, de su mala colocación. También le echó una mano la fortuna, que la tuvo en el primer gol, de Brais Méndez, cuando Juan Cruz desvió la pelota, y en el tercero, con el lanzamiento desde el centro del campo de Barrene que, aunque se caía, armó un disparo imparable para Sergio Herrera.
Las circunstancias futbolísticas son incontestables –las habilidades de unos y otros, el acierto mayor o menor–, pero es que entre medio estuvo un Osasuna que sobrevivió en el primer tiempo por un gol de córner y que se hundió en el segundo en poco más de cinco minutos, incapaz de oponer resistencia a la Real y mucho menos ofrecer después una reacción. Después de trece jornadas de Liga, el equipo de Lisci está por armarse, por establecer un guion firme, por cuajarse frente a los rivales. Osasuna pretende reinventarse ante las circunstancias que se le suceden en cada partido, pero no lo consigue. La apreturas en la clasificación no van a fomentar la tranquilidad y el sosiego de los jugadores y del entorno, como tampoco va a haber tiempo para probaturas o propuestas nuevas. La madurez de la plantilla, de cada componente de forma individual, se va a poner a prueba.
Los partidos que certifican que un equipo está en crisis suelen ser una reunión de calamidades. Y a Osasuna, que está en caída libre desde hace un tiempo, vinieron todas a verle: desde la celeridad de los goles en contra, o la falta de acierto, hasta la finalización con un futbolista menos –el joven Arguibide–.
Cuando no están las cosas claras, lo que disipa las dudas son los goles. Por eso, la gran noticia para Osasuna fue el gol de Catena, en los minutos finales del primer tiempo. La Real estaba marcando los tiempos del partido, obligando a que el juego se desarrollara en el terreno de los rojillos, pero sin tener ocasiones claras. Osasuna perdía el balón con facilidad y dar cuatro pases en la otra mitad de campo se estaba convirtiendo en todo un logro. Menos cuadriculado, Osasuna se sintió mejor en las escaramuzas, en las apariciones, en la sorpresa. La primera fue a los cinco minutos, y Raúl se marchó hacia Remiro solo pero para superarlo hizo una maniobra excesiva, porque el balón se fue muy lejos, imposible de domarlo para el remate. Hubo un paréntesis muy largo de minutos en el que la Real estuvo cómoda, sin notar miedo alguno por parte de Osasuna, hasta que Raúl volvió a aparecer, nuevamente surfeando entre defensas y de nuevo equivocándose en el disparo final. El gol de Catena fue un fogonazo en la oscuridad en un encuentro sin muchas ocasiones, con los dos equipos con ganas de hacer más, pero sin acierto.
Lo peor para Osasuna estaba por llegar porque el partido saltó por los aires en poco más de cinco minutos. Primero con el gol del empate de Brais a los ocho minutos de la reanudación y después con la gran diana de Guedes tras maniobra fantástica de Oyarzabal. Nada se le puede objetar a los hombres de Lisci en sus intentos de reacción, con ocasiones para Rubén García y Aimar Oroz, sin olvidar que Sergio Herrera mantuvo a su equipo en el partido con dos grandes intervenciones ante Oyarzabal y Soler –entre los dos primeros goles de la Real también hubo otro paradón al valenciano–. El gol de Barrene desde el centro del campo fue la guinda amarga de la debacle, aderezada con la tarjeta roja para el joven Arguibide, expulsado de manera muy fácil.
En un derbi, en un partido de rivalidad, dicen los clásicos que las líneas que marcan las diferencias se borran y que puede pasar de todo. Y a Osasuna le pasó de todo. Se hunde.