Tras la novedosa urbanización del paseo en 1885, de la que hablamos en el pasado capítulo, algunos comercios ya indicaban en sus anuncios de prensa su ubicación en el Nuevo Paseo de Valencia. Para las siguientes fiestas de 1886, se instaló en el extremo oeste del paseo un lindo chalet o casita rústica, con objeto de expender licores y refrescos. Lo construyó el industrial de la plaza Santiago Martinicorena, con un coste de 2.479 pesetas.

Se trataba de una construcción hexagonal en madera cuyas paredes en arco sostenían una techumbre de zinc, en un estilo que recordaba al arabesco (1). La concesión de su explotación fue para 20 años, tras de la cual quedaría en propiedad del Consistorio. La primera adjudicación fue para el industrial Alejandro Villanueva y una de las cláusulas del contrato le daba permiso para la instalación de mesas y veladores en un radio de 150 metros a partir del establecimiento.

Probablemente fuera la primera terraza hostelera de la historia de la ciudad, hoy tan abundantes. En el bajo del número 18 se instaló el café Europa, encima del cual se había inaugurado en abril del 84 el Casino Eslava, completando, de esta forma, la oferta hostelera y recreativa. Sin embargo, este último casino tuvo pronto graves problemas de solvencia económica y tras algunos años cerrado reabrió una década después, pero en la Plaza del Castillo, encima del café Suizo de la llamada casa de toriles. 

El kiosco para la venta de refrescos y licores. Col. Arazuri. AMP.

Uno de los hitos mundiales más importantes de finales del siglo XIX fue la llegada de la electricidad, hecho que rápidamente redundó en la iluminación de pueblos y ciudades, de sus edificios y viviendas.

En Iruñea, aunque ya había algunos proyectos presentados al Consistorio para la iluminación eléctrica de la ciudad desde 1883, parece ser que el primer intento o ensayo fue durante la celebración del Centenario de la Virgen del Camino, en mayo de 1887.

La corriente eléctrica obtenida con una dinamo, conectada a un motor de vapor por el industrial local Salvador Pinaquy, sirvió para iluminar el atrio de San Cernin y, mediante un potente foco, también el madero donde se supone que se había aparecido la Virgen. Tan solo un mes más tarde el protagonista iba a ser el paseo de Valencia, ya que se decidió sustituir el túnel luminoso de lámparas de gas, que se había instalado los años anteriores durante las fiestas de la ciudad, por un conjunto de once focos de luz eléctrica, de fuerza de mil bujías cada uno, además de otras lámparas de incandescencia en los estanques y surtidores del paseo.

Los pamploneses fueron un poco reacios al cambio, ya que la todavía desconocida electricidad producía cierto resquemor, incluso temor, en la población. A pesar de ello, el encendido eléctrico causó mucha expectación y relata el diario El Tradicionalista que “se ha dado cita lo más selecto de la sociedad pamplonesa para pasar las primeras horas de la noche”. Sin embargo, el túnel de lámparas de gas volvió a montarse para el 25 de septiembre de ese mismo año, cuando la reina regente de España, María Cristina, visitó Iruñea. La familia real volvía de su habitual veraneo en San Sebastián y la ciudad se engalanó con arcos de triunfo, montados en Taconera y plaza del Castillo y también con el citado túnel luminoso en el paseo de Valencia. Para esa fecha, se había decidido quitar el urinario –el Consistorio le llamaba con el curioso nombre de kiosco de necesidad– del que hablamos en el pasado reportaje, y se colocó en su lugar un vistoso surtidor de fundición.

25 de septiembre de 1887. El paseo engalanado para la visita de la reina regente de España, María Cristina. Autor desconocido. AMP

Este surtidor se había comprado para el patio interior del Nuevo Mercado de Santo Domingo en 1876 a la prestigiosa casa de fundiciones J.J. Ducel et fils. de París por un precio de 820 francos. Otra fuente de la misma casa, la llamada de los delfines, se adquirió conjuntamente para la plaza exterior al mercado, la plaza de Santiago. El marsellés Jean Jacques Ducel fue un reconocido fundidor de objetos ornamentales y sus piezas fundidas en hierro o en cobre, bancos, barandados y especialmente fuentes, fueron muy premiados en las exposiciones de la época. Se conservan algunos ejemplares en Santiago de Chile, Río de Janeiro y Madrid, entre otras ciudades.

El mencionado surtidor está formado por tres plataformas cóncavas o conchas de hierro fundido, de diámetros progresivamente menores de abajo a arriba, montados sobre un adornado tubo central de unos tres metros de altura, por cuyo extremo surge el chorro de agua. Realmente, estuvo pocos años en el patio del mercado, pues resultaba demasiado grande y dicen que salpicaba mucho a los vendedores temporeros de fruta y hortalizas que solían colocarse en dicho patio. Tampoco duró mucho tiempo en el paseo de Valencia, ya que, tras tomarse la decisión de colocar allí el monumento a los Fueros, en diciembre de 1895 fue desmontado para llevarlo al parque de Taconera; primero al lugar donde hoy está el monumento a Julián Gayarre y después a su ubicación actual, cerca de Larraina.

La fuente-surtidor de Ducel, frente al palacio de Diputación en 1894. J. Altadill. Archivo General Navarra

Lugar de paseo y esparcimiento

En los años siguientes el paseo se consolidó como lugar de paseo y esparcimiento. Se programaba música cada jueves y domingo al atardecer, habitualmente interpretada por bandas de viento casi siempre militares y se convocaban paseos en donde la gente bien de la ciudad, hombres y mujeres, aprovechaban para exhibir sus galas (4). Se cuidaba mucho su estado, limpieza, jardincillos y mobiliario urbano, además de vigilar y sancionar algunas actuaciones, a veces tan nimias como jugar a chapas, utilizar tirabeques o sacudir la ropa por las ventanas. Otras veces se penalizaban algunas actuaciones más serias, como traer las vacas a pastar en los jardincillos y parterres, cosa que hacía algún osado ganadero de la ciudad.

La instalación del túnel de lámparas de gas, ya en desuso, fue enajenada por la Comisión de Fomento que, tras tasarla en más del triple de lo que había costado, la vendió al Ayuntamiento de Burgos. Ya en años siguientes se hizo una instalación similar, pero de lámparas eléctricas, que se montaba también durante los Sanfermines en la Plaza del Castillo y una vez más fue Pinaquy quien, en 1895, iluminó con lámparas incandescentes todas las casetas de feria instaladas en el paseo de Valencia. También durante las fiestas se instalaba en una carpa el popular circo-teatro Labarta, que tenía su sede fija en la calle Estafeta, carpa que años después también se hizo permanente en la zona del baluarte de la Reina. 

En agosto de 1897 se instaló, en el bajo del número 36 del paseo, el Gran Cinematógrafo Lumière, que se anunciaba como Fotografías Animadas, con sesiones diarias a partir de las ocho de la tarde. Contaba, además, con un fonógrafo Edison. El público, al precio de dos reales las sillas de preferencia y un real la general, llenaba casi todos los días la sala.

Ya en 1880, a pesar de la costosa obra que había supuesto a finales del siglo XVIII la traída de aguas de Subitza, se había puesto de manifiesto que este aporte era insuficiente para la ciudad. La epidemia de tifus de 1875, de gran mortandad, causada o agravada por la escasez de agua y el hacinamiento intramural de la población, llevaron al consistorio a declarar Pamplona como ciudad insalubre. Era necesario y prioritario un nuevo aporte de agua que cubriera la deficiencia.

En febrero de 1884 el arquitecto municipal Blas de Iranzo presentó el proyecto de traída de agua desde el manantial de Arteta, pero por problemas de solvencia en el Ayuntamiento tuvo que ser una sociedad anónima privada la que, finalmente, ejecutara la obra y llevara la posterior gestión del aporte a domicilios y dotaciones municipales: la Sociedad de Aguas de Arteta. Por esta razón, la ansiada llegada del agua de Arteta se demoraría más de una década desde la decisión de llevarla a cabo.

Para el acto inaugural el nuevo arquitecto municipal, Florencio Ansoleaga, había presentado un proyecto de surtidor en el pequeño estanque situado en el extremo del paseo de Valencia, frente al recién construido palacio de Justicia. El surtidor costó tres mil pesetas y debía estar preparado para la víspera de la fiesta de San Fermín, fecha prevista para la llegada del agua (5).

El día 6 de julio de 1895 y tras la vuelta de las solemnes vísperas celebradas en la capilla de San Fermín, el Ayuntamiento en Cuerpo de Ciudad, acompañado de gigantes y cabezudos, banda de música, Cabildo catedralicio, Diputación Foral y demás autoridades, se dirigió desde la casa consistorial en comitiva festiva hasta el paseo de Valencia. Junto al estanque habilitado se instaló un pequeño altar con la figura de San Fermín. La expectación era muy grande, con el paseo repleto de gente y los balcones a rebosar. Eran las siete menos un minuto, cuando el alcalde Fernando Gorosabel y el ingeniero responsable de la obra, Ramón Aguinaga, abrieron la llave de paso y el agua se levantó desde el surtidor central, entre los aplausos de los asistentes y el estallido de cohetes.

1895. La fuente surtidor montada para la inauguración de la traída de aguas de Arteta. J. Altadill. AMP

El alcalde hizo un pequeño discurso, agradeciendo al ingeniero Ramón Aguinaga y al presidente de la sociedad concesionaria Aguas de Arteta, Silvestre Goicoechea, su labor; sin olvidar un recuerdo al autor inicial del proyecto, el arquitecto Blas de Iranzo, fallecido antes de poder ver concluida la obra. El obispo Antonio Ruiz-Cabal, que entre otras cosas nombró al consistorio como el “nuevo Moisés que hizo brotar las aguas de la nada”, bendijo las mismas.

Para terminar el acto se procedió a cambiar la boquilla del surtidor por una más pequeña y con el aumento de presión el chorro se elevó unos veinte metros ante el asombro de los presentes. A la vez se abrieron dieciséis pequeñas bocas en los bordes del estanque. El espectáculo, con la banda tocando una sinfonía y el estruendoso estallido de numerosos morteretes —pieza pequeña de hierro que se usaba en las festividades para hacer salvas—, fue digno de ser visto. Era el colofón a quince largos años de proyectos, reformas, intentos vanos de financiación de las obras, modificaciones de las mismas, largas y a veces agrias discusiones municipales, que por fin habían llegado a buen puerto. El paseo de Valencia, una vez más, fue un lugar protagonista. A petición de algunos ciudadanos, tanto el estanque como el surtidor estuvieron puestos hasta el final de ese verano, causando mucha expectación, de tal forma que, durante esos tres meses, el paseo fue especialmente concurrido. 

El primer ensanche de la ciudad

En aquella última década del siglo XIX, tras el acuerdo de 22 de agosto de 1888 con el Ministerio del Ejército de Madrid, se llevó a efecto el primer ensanche de la ciudad. El derribo de dos de los baluartes de la pentagonal Ciudadela dejaba un amplio espacio para la edificación de nuevas viviendas, aliviando así a una población que vivía constreñida entre murallas. Sin embargo, el resultado final no llegó a cumplir las expectativas. Apenas se cubrió un tercio del espacio liberado y, además, entre varios colegios, algunas fábricas, el palacio de Justicia y lujosas viviendas para los más adinerados, no quedó más espacio.

Para remate, el ejército se quedó con el resto, en donde poco después, edificaría varios cuarteles y sus instalaciones deportivas. El nuevo ensanche quedó dividido en seis manzanas de edificios, nombradas de la A a la F. La edificación del Palacio de Justicia, hoy sede del Parlamento Navarro, en la manzana E y de la nueva Alhóndiga municipal y algunas viviendas, en la manzana F, iban a terminar de cerrar el espacio que conformaba el paseo de Valencia por el suroeste, disposición cerrada que subsiste hoy en día.

Precisamente, en el bajo de uno de estos edificios, el correspondiente al número 17, iba instalarse la oficina o estafeta de Correos y Telégrafos. Al ser un lugar muy concurrido por la población que debía atravesar el paseo para efectuar allí sus gestiones, pronto hubo quejas vecinales, pues al ser el andén central del paseo de tierra, este se embarraba con frecuencia. De modo que se solicitó que se hiciera una o varias fajas de asfalto que atravesaran el andén. Para la novedosa utilización del asfalto como solera se compró años más tarde, otra vez en París, a la prestigiosa casa Durey-Sohy, una caldera móvil para efectuar el embreado. El asfalto se traía desde la fábrica alavesa de Maeztu o de la de Bakaiku, en el valle de Burunda.

Tras el desencanto que supuso este primer ensanche, pronto se alzaron voces pidiendo el derribo del frente sur de la muralla y la liberación de terrenos para un segundo ensanche. Se tardaría aún dos décadas en conseguirlo. En 1897 la Junta de Beneficencia municipal ya planteaba el derribo de la Casa de Misericordia y del edificio de hornos del Vínculo, ambos en el paseo de Valencia, con el objetivo de construir esas dotaciones nuevas por fuera de la muralla, consiguiendo así un poco de suelo disponible para viviendas. 

Una vez más, el Ramo de Guerra, siguiendo la Ley de Zonas Polémicas, que impedía la construcción en las cercanías de la muralla, se negaba a esas nuevas construcciones extramuros. De nuevo tocaba esperar y así iba a terminar el siglo XIX. En febrero de ese último año de 1900, el concejal Sr. Utray propuso dar al paseo el nombre de Sarasate, decisión que no se tomaría hasta tres años después. Ya se habían iniciado las obras del monumento a los Fueros, asunto que se tratará siguiente capítulo.

* (Investigador del patrimonio)