Hola personas, fiel a la cita dominical, aquí estoy de nuevo con vosotros.
Hoy no vamos a dar paseo físico por las calles y barrios de Pamplona. No es que no los haya dado, que me he dado tres vueltas bien sabrosonas, sino porque hoy quiero hablar de una institución que abarcaba a un gran sector social, y que jugó un papel importante en la Iruña de nuestros antepasados. Me refiero a las cofradías y gremios de Pamplona.
Y ¿por qué me ha dado por ahí? Os preguntaréis. Pues porque el sábado, día 3, me acerqué a ver qué pescaba en el rastrillo de “viejorrerías”, que diría Miguel Sánchez-Ostiz, de la Plazuela de San José, y anduve, como siempre, de puesto en puesto, viendo, toquiteando, preguntando, ¿cuánto pides? y saludando a conocidos que solo los veo en ese escenario.
En esas estaba cuando llegué al tenderete de mi amigo Álvaro, otro friki, peor que yo, que lleva el mundo de los cachivaches en el ADN. Nada más desparramar la vista por su mesa, vi un libro que me estaba llamando con gestos ostensibles; cuando vi el título lo adopté sin pensarlo. Llevaba años buscándolo, pero eso no lo sabía Álvaro, así que nos pusimos de acuerdo en el precio a la primera.
La obra en cuestión era Gremios y cofradías de Pamplona de Marcelo Núñez de Cepeda y Ortega, editada por la Imprenta Diocesana de Pamplona en 1948 y ganadora del Premio Biblioteca Olave. Eché el libro a la mochila y ya me daba por contento; enfilé mi velocípedo hacia Dormitalería y me fui más contento que un niño con zapatos nuevos.
Pues bien, es sobre el contenido de dicha obra y sobre la historia de Pamplona que en ella encontraremos por donde vamos a pasear.
Pero antes haré un previo para señalar que, esta semana, se ha subido otro peldaño de la escalera de servicio. El Exmo. ha hecho público el elenco de los grupos musicales que van a poner el Dorremí en las noches sanfermineras. Yo desde aquí quiero agradecer a nuestros regidores que hayan fichado para la noche del día 6 al grupo Boney M. y con ellos nos hayan transportado a nuestra juventud. Un detalle por parte de la señora Beloki, la chica de mi amigo Agustín, programarlos el día 6, que hay mucha gente de cierta edad que aún no se ha ido a Cambrils o a Zarauz y podrá desempolvar la memoria.
El resto de los grupos, excepto los grandes de Motxila 21, como me pasa cada año, no los conozco ni de oídas: Jarfaiter, Koma, La Txama, Puttaneska, Ojete Calor y unos cuantos más igual de famosos. Serán seguidos y bailados por la chavalería, no me cabe duda.
Bueno, dicho lo dicho vamos a lo que hemos venido.
Las cofradías medievales y los gremios nacen en la alta Edad Media, allá por el siglo XII, como un sistema de protección entre ciudadanos que desempeñan una misma labor. Cuando un grupo de artesanos se unían, lo primero que hacían era buscar un santo al que encomendarse y comenzaban su andadura bajo su protección. Así, todas las ordenanzas de constitución comienzan invocando al santo, a la Virgen o a la Santísima Trinidad. Luego cada uno apuntaba sus particularidades profesionales y las normas bajo las que se iban a regir.
Las cofradías eran de tres clases: espirituales, gremiales o mixtas. Todos los gremios eran cofradías, pero no todas las cofradías eran gremios, algunas se dedicaban exclusivamente al culto a algún santo. Como, por ejemplo, la establecida en Real Colegiata de Roncesvalles en honor a santa Julita y san Quirico.
Desde el comienzo de su existencia, gremios y cofradías han sido auxilio mutuo entre cofrades. Si uno enfermaba todos le ayudaban y, si fallecía, pagaban sus exequias y ayudaban a la viuda y a los hijos menores. El ingreso en una cofradía iba precedido de un duro examen profesional, excepto para los huérfanos de cofrade. Todas tenían las mismas categorías: aprendiz, oficial y maestro.
En el siglo XII, con la aparición del burgo de San Saturnino y la Población de San Nicolás, el número de ciudadanos que se dedicaban al mismo oficio creció de tal manera que se vieron obligados a agruparse en calles y barrios.
Las cofradías solían tener una capilla decorada y cuidada por ellos en alguna de las cuatro parroquias. Algunas han sobrevivido, como la capilla de San José y Santo Tomás, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona, mientras otras se han perdido en la noche de los tiempos.
El padre Núñez de Cepeda llevó a cabo una exhaustiva labor de búsqueda en archivos diocesanos, provinciales y municipales. La obra desgrana las cofradías pamplonesas por orden alfabético: empieza por los abogados y acaba con los zurradores. En total, recoge 51 cofradías y oficios hoy desaparecidos o prácticamente desconocidos.
El gremio que mejor llevó a cabo lo de la colonización de un territorio para los de su oficio fue el de pellejerías, que ocupó Jarauta, Eslava, parte de Descalzos y el túnel del hospital. Todo un barrio despellejando bichos y poniéndolos a secar al sol. Qué peste.
Queda mucho por ver, pero se trataba solo de un paseo de domingo.
Besos pa tos.
Facebook : Patricio Martínez de Udobro
patriciomdu@gmail.com