9 de mayo de 1976: sangre y niebla
Los nombres de Aniano y de Ricardo quedan en el recuerdo de la actuación mercenarios, ultras y miembros de lo que sería el GAL que escoltaron a Sixto a Irache y más tarde hasta la cumbre
El día llegó y como era habitual no solo carlistas seguidores de Carlos Hugo acudieron a la cita, sino militantes de formaciones de izquierdas de todo el panorama político nacional. Montejurra era el lugar donde se había quemado años atrás un retrato de Franco, uno de los lugares donde se podían oír discursos contra la Dictadura y el rey impuesto. El significado de Montejurra en el imaginario carlista, había superado sus propias pretensiones y se esperaban con ansiedad los discursos del pretendiente Carlos Hugo.
Relacionadas
La espesa niebla que todo lo cubría y empapaba, en aquella fría mañana, se convertía en el aliado perfecto para la acción armada organizada por la ultraderecha española con la colaboración y beneplácito de Manuel Fraga y altos cargos del Estado. Medios franceses, holandeses y españoles habían llegado hasta la ciudad del Ega atraídos por el tirón mediático de Irene, princesa que perdió sus derechos dinásticos tras su boda con Carlos Hugo de Borbón, el pretendiente universitario que había bajado en los 60 a las minas asturianas para conocer al pueblo que aspiraba a gobernar.
Como si fuera un augurio, Carlos Hugo, pensaba decir en su discurso en la cumbre que “el carlismo busca alcanzar la libertad por caminos de paz y diálogo para llegar sin traumas ni violencias al establecimiento de la democracia y de la justicia en España. A pesar de eso al carlismo se le somete a un proceso represivo muy peligroso”.
Desde Irache
En el Hotel Irache, donde se dieron cita todos los que viajaron en autobús, se reunieron aquella mañana un complejo entramado de ultraderechistas compuesto por: militares descontentos por la reforma democrática, militantes de Fuerza Nueva, de la UNE, de la autodenominada Comunión Tradicionalista, activistas violentos de la Triple A, Batallón Vasco Español, Guerrilleros de Cristo Rey, mercenarios argentinos, italianos y franceses y miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que, por su ideología, no encajaban las reformas hacia las que caminaba el país.
Semejante cóctel contaba además con la presencia del hermano de Carlos Hugo, Sixto, que abanderaba todo el entramado informe, que se había gestado para la “Reconquista de Montejurra”. En cuanto se organizó la comitiva, armados con las porras, algunos con pistolas y portando los brazaletes y boinas repartidas a la llegada, a los sones de tambores y cornetas, y con muchos uniformes paramilitares, unos 250 hombres marcharon en formación militar desde el hotel en dirección al Monasterio de Irache, desde donde partía el vía crucis que, tradicionalmente, recorría Montejurra en dirección a la cima.
Al llegar a las inmediaciones del monasterio comenzaron a oírse gritos e insultos. Como en una operación militar sonó un silbato y dos columnas se abrieron en los laterales, al tiempo que las del centro arremetían. Las piedras volaban y las agresiones cuerpo a cuerpo se produjeron en un primer ataque de los ultraderechistas que golpeaban con sus porras de hierro a quien encontraban, mientras que los carlistas se defendían con sus makilas (bastones). Tras un primer envite se recuperó cierta calma, que precedió a la tempestad.
El carlista Josep Aluja se encaró a un hombre vestido con una gabardina, una boina roja y las letras RS, como muchos agresores, en su brazo. Era José Luis Marín García Verde (el hombre de la gabardina) que le aseguró que venía a “limpiar Montejurra de comunistas”, a la vez que extraía una pistola FN Browning, del 9 corto.
A la izquierda de Aluja se destacó Aniano Jiménez Santos, militante carlista de 40 años de Santander que alzó el bastón y le gritó “cobarde”. Sin mediar palabra, Marín se giró 45 grados y, sin pestañear, le disparó un tiro en el vientre. Aniano se dobló y cayó, siendo sujetado por Eustaquio Jáuregui, de Pamplona. Semiinconsciente, dijo que no podía dar su nombre porque estaba fichado por la policía por repartir propaganda, era militante del sindicato católico HOAC. Le llevaron en volandas hasta la puerta del monasterio para su traslado. Tres días más tarde fallecería en el Hospital de Navarra.
José Lázaro Ibáñez, dirigente actual del Partido Carlista, recordaba hace 10 años, cómo los ultraderechistas “vinieron en marcha militar y al llegar a Irache, en la zona de la bodega, empezaron a insultar, a pegar porrazos y a tirar piedras. Aniano, que estaba a metro y medio de mí, se adelantó y se enfrentó. Aquel canalla le disparó a quemarropa. La Guardia Civil estaba custodiándolos descaradamente. Les exigíamos que interviniesen y nos dijeron textualmente que tenían orden de no hacerlo. Y nos metieron el fusil en el estómago, a nosotros”, relataba. Ibáñez añadía que “les hicimos retroceder, porque en la explanada del monasterio había mujeres y niños”.
Temiendo una matanza, varios carlistas sacaron de su LandRover a los guardias civiles que, desde el coche, contemplaban la escena. Decenas de números de la Benemérita observaron el ataque de los ultras armados contra los carlistas, que se defendieron como pudieron, y vieron a escasos metros el asesinato y la muerte de Aniano sin actuar ni detener al “hombre de la gabardina” al que todos vieron disparar. Después de decir que no habían actuado porque “cumplían órdenes”, se pusieron delante de los agresores con los brazos en alto y pidiendo calma, posibilitando su huida y dando lugar a que éstos se dispersaran sin pedir identidades a ningún agresor, ni siquiera por portar armas, aunque sí lo hicieron a los carlistas que les habían sacado del coche. Los agresores se dirigieron a la cima.
Hacia la cumbre
Tras los disturbios, el Vía Crucis se inició y se dirigió hacia la campa de Montejurra, donde se unió a todos los que subían a la misa en la cima. A la incredulidad de quienes venían de sufrir las agresiones se sumó su indignación, cuando al comienzo del ascenso había más de cien grises (Policía Armada) con cascos, escudos y toda la parafernalia antidisturbios. Ni uno se movió. A la comitiva se unió Carlos Hugo que siguió los pasos de su mujer, la princesa Irene. Pese a las noticias que corrían de boca en boca, muchos en la subida ignoraban lo que había sucedido. En la campa, varios carlistas vaciaron una furgoneta de El Pensamiento Navarro defensor del tradicionalismo y de la línea Sixtina y quemaron cientos los ejemplares que portaba.
En la cumbre, entre la niebla, un grupo de unos 20 hombres se habían hecho fuertes junto al Cristo Negro, después de haber pasado la noche. La Guardia Civil hizo caso omiso a los dos jóvenes carlistas que lo denunciaron la noche anterior y los mantuvo detenidos todo el 9 de mayo. Hacia las 11.00, Sixto había llegado ya a la cima y junto con José Arturo Márquez de Prado y José Luis Marín García-Verde, mandaban a un grupo de hombres armados con pistolas y con una ametralladora que esperaban junto a la gruta, desde donde se domina todo el ascenso. Cuando los primeros carlistas llegaron a 50 metros de la ermita increparon a Sixto que se disponía a dirigir unas palabras. Entonces Márquez de Prado, empuñando una pistola ordenó, “¡haced fuego raso!”. Primero se oyó una ráfaga del arma automática, seguida de disparos sueltos, y una nueva ráfaga.
Entre la muchedumbre, a apenas 50 metros de la gruta del cristo negro, alguien gritó, “¡un médico, por favor, un médico!”. Un joven sostenía entre sus brazos a un muchacho pálido. Pese a que le practicaron la respiración artificial no se pudo hacer nada. Ricardo García Pellejero, obrero de Estella de 19 años, descendió de Montejurra ya cadáver, con un disparo en el costado y otro en el corazón. La noche anterior había estado de fiesta y a alguien de su cuadrilla se le ocurrió que se podía hacer una excursión a Montejurra, aunque Ricardo estaba muy cansado, y tenía muy pocas ganas, pero al final se animó. Después de los gritos y el alboroto, varios carlistas decidieron subir a la cumbre, pero ya no había nadie. Encontraron diversa munición de la pirotecnia militar de Sevilla, del mismo calibre que las que usaban el ejército y fuerzas de seguridad del Estado, y algunos alimentos abandonados. El resto de carlistas, que en número de 25.000 acudieron ese día a Montejurra, celebraron una misa en la décima cruz lejos de la cumbre. Un grupo de carlistas, con Pérez-Nievas al frente, consiguió sacar a Carlos Hugo del monte, convencidos, como estaban de que iban a por el pretendiente.
Testimonios
Hubo numerosos testigos, pero no demasiados quisieron dejar su testimonio en la denuncia. Una de ellas fue Gloria Dueñas Duque, natural de Viana y vecina de Estella, recuerda perfectamente ese aciago 9 de mayo de 1976 en la cumbre donde vio herido de muerte a Ricardo García Pellejero y se enfrentó cara a cara con Sixto de Borbón, instantes después de haberse producido los disparos que acabaron con la vida del joven estellés. “Poco antes de llegar arriba, un grupo de jóvenes que nos resultaron extraños nos pararon y nos dieron el alto. Nos pidieron una consigna y les contesté qué desde cuándo para ir a Montejurra hacía falta consigna. Un poco más arriba vimos a otro hombre que llevaba una pistola en la mano, sin esconderla. Nos dijo que bajáramos porque iba a haber tiros. Estuvimos allí donde el Cristo negro y luego nos bajamos un poco esperando que subiese el resto de personas. Cuando fueron llegando dijeron por el altavoz que iba a hablar Sixto de Borbón. Entonces empezamos a gritar ‘Carlos Hugo libertad’. Entonces empezaron a disparar. Ricardo estaba al lado mía, muy cerca”.
El sorpresivo ataque y la visión del joven herido de muerte provocaron la rabia y la indignación de Gloria Dueñas, que lejos de tirarse al suelo corrió hasta donde se encontraba el grupo de partidarios de Sixto de Borbón. “Estaba tan indignada porque nos hubiesen atacado así, a gente indefensa y entre la niebla, que fui hacia ellos y pedí ver a Sixto. Me dijeron que no estaba. Insistí e insistí y entonces él dijo que me dejaran pasar”. Gloria Dueñas mantuvo un enfrentamiento con Sixto de Borbón. “Le agarré el brazo y le dije, ‘ven aquí, traidor, asesino, que estás pagado por estos y por el Gobierno’”. La discusión prosiguió. “Él me contestó ‘y tú, comunista, yo vengo a rezar por los muertos, por los que mataron los comunistas’. Yo le dije, ‘¿y a cuántos mató la derecha?’”. Sixto de Borbón le replicó “eres la misma hija de la Pasionaria”. Gloria Dueñas no se calló. “Prefiero ser la hija de la Pasionaria que un asesino como tú”, contestó, al tiempo que lanzó un paraguazo que no llegó a su destino, ya que fue sujetada y zarandeada por los acompañantes de Sixto.
Javier Lana, hace 10 años, escribió un relato detallado de cómo vivió de cerca los hechos junto a sus amigos, con quienes marchó de excursión a Montejurra, como tantos otros que comenzaban a nacer a la política. Conocía de Estella a Ricardo García y vio como fue mortalmente herido muy cerca de él. “Cogimos los bocadillos y para el monte”, en la campa les pusieron unas pegatinas de Carlos Hugo e iniciaron la subida por el camino de los presos, sin esperar al Vía Crucis. “La niebla, a medida que subíamos, iba cubriendo el paisaje que nos rodeaba. Apenas caminaba gente a nuestro alrededor. Parecía como si fuéramos los únicos que participáramos en esa romería carlista. Al rato divisamos un hombre mayor, podría decir que casi era un anciano. Llevaba la boina roja y una especie de manta cubriéndole la espalda. Subíamos en animada charla y con ganas de pasar una buena mañana. Cuando ya enfilamos el último trecho que lleva hasta la ermita nos salió al encuentro un joven. Llevaba un brazalete y una especie de porra en las manos. Era de Valencia y nos preguntaba por la razón de subir al monte. Bromeamos, no éramos carlistas y queríamos pasar un buen rato allá almorzando. Nos dejó pasar, no pensábamos ni por el forro que eso sería en poco rato un infierno. Llegó otro joven y nos volvió a identificar. No comunicaríamos tres palabras con él cuando entre la niebla vimos que estaba vestido de militar. Un hombre con una especie de ametralladora que empezó a abroncar a todo el mundo. ‘¡Para abajo!, no quiero a nadie aquí al lado’. Tuvimos miedo, y es entonces cuando empezamos a pensar que ese domingo de mayo no sería una fiesta”. Se refugiaron detrás de una peña y comenzaron a almorzar mientras veían llegar a la gente, “vi a algunos de Estella, entre ellos a la cuadrilla de Ricardo.
La niebla ya lo cubría todo, no veíamos a dos palmos. Se empezaron a suceder los gritos. Hubo intercambio de insultos. Que si ‘la puta de la Pasionaria’ que si ‘viva Carlos Hugo’, que si vivas a Sixto... Bueno, aquello pintaba mal, pero mientras solo fueran cruce de insultos en eso quedaba. Pero no solo fueron las voces, la ametralladora empezó a traquetear y se escucharon gritos de dolor. Allá, pegados a nosotros, en el espacio donde acababa la peña donde estábamos, las balas hirieron a la gente y enseguida una voz destacó entre aquel ruido infernal. Alguien dijo que había uno mal, que se moría. Juanjo y yo corrimos como locos ladera abajo. Pedíamos auxilio, gritábamos desaforados, llorábamos. Le vimos allá, tumbado en el suelo, era Ricardo García Pellejero, entre unos cuantos lo bajaban a galope monte abajo y nosotros de avanzadilla en una especie de trágica procesión. Un poco más adelante la comitiva de Carlos Hugo iba ascendiendo. Nos topamos con ellos. Unos jóvenes nos retuvieron, con la velocidad a la que bajábamos, chocamos y fuimos al suelo. Yo no podía ni hablar. ‘Hay muertos’ dije. Se pidió calma a los que subían. Llegamos a la explanada casi a la par de Ricardo. Pero ya nada pudieron hacer por él, porque ya había fallecido. Poco a poco encaminamos hacía Estella. En la explanada un montón de guardias civiles formados. Allá estaban quietos, no podíamos entenderlo entonces y tampoco ahora. El helicóptero sobrevolaba la montaña sagrada. Mientras, los asesinos bajaban por el Camino de los Cañones con sus vehículos hacía Irache. Luego supimos que otra persona fue muerta en la campa cercana al monasterio. Estuve temblando un par de días. Al día siguiente hubo concentración y misa, repartieron unos brazaletes negros y aún lo guardo en una caja”.
Además de los muertos, aquel día quedaron heridos en la cima o en Irache: Bernarda Urra Pagola, 17 años, de Aberin, herida de bala en glúteo derecho; José Javier Nolasco Echeverría, de 19 años, de Estella y vecino de Pamplona, uno de los disparos le destrozó un pie; Jesús Vera Pardo, herida de bala en la ingle; Ferrán Lucas Zaragoza, 36 años, de Barcelona, traumatismo craneal; Jesús Erce Lizarraga, herida al ser golpeado con una porra; Amalia López de Olarte, herida por golpe en la cabeza; José María Ruiz, herida por golpe en la cabeza y contusión en el hombro; José María Castellanos, herida en la cabeza; Ángel Cuadrado Sánchez, sacerdote de Barcelona, herida en la cabeza; Rafael Petrina Ciriza, contusión en la cabeza; Mariano Zufía Sanz, herida por impacto de una piedra en Irache; Mercedes (Maritxu) Olazarán Aristu y Miguel Ángel Apesteguía Ganuza.
Temas
Más en Sociedad
-
“Llegué a un punto de desgaste en el que bebía tanto que mi vida dejó de ser sostenible”
-
Usuaria de Proyecto Hombre: “Siento que la persona que era antes está volviendo a florecer, pero más fuerte”
-
Crean la subcomunidad femenina de Proyecto Hombre para mejorar la atención de mujeres con adicciones
-
Las listas de espera aumentan en medio de la crisis de Salud y se colocan en máximos desde agosto de 2025
