La monumentalidad de la Catedral de Colonia, con sus dos torres de más de 154 metros de altura, se impone, sobre todo cuando se ve su emblemática fachada desde la orilla opuesta del Rin. Dicen los renanos que el templo se salvó de la destrucción en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad fue arrasada, gracias a la mediación de los Reyes Magos, cuyos restos descansan en su interior. Quien más quien menos se extraña ante tal afirmación y lo toma como una broma más de las habituales en la zona. Pronto te das cuenta de que estos personajes están firmemente enraizados en las leyendas locales.
Si impresiona el exterior de la iglesia con las agujas elevándose hacia el cielo, qué decir del interior iluminado por la luz que se filtra a través de las vidrieras. Seiscientos años se tardó en terminar esta maravilla nacida para guardar las reliquias de los tres Reyes Magos que, según creencia cristiana, rindieron pleitesía al Niño-Dios en el portal de Belén.
El relicario, que se encuentra justamente detrás del altar, es un enorme arcón de oro y plata que se contempla con veneración desde hace más de 770 años. Nadie se explica cómo los restos llegaron a este punto de Alemania, ni si son auténticos. Los peor pensados sacan a relucir al respecto que en la Edad Media hubo un intenso y descuidado comercio de reliquias sagradas que supuso un enorme negocio para quienes las poseyeron. ¿Es éste el caso?
La pista: Mateo, el evangelista
La tradición ha llegado a nosotros a partir de una breve alusión que hace el evangelista Mateo cuando dice que eran magos y venían de Oriente siguiendo el rumbo de una misteriosa estrella. Llegaron a Belén y ofrecieron al Niño tres regalos: oro, incienso y mirra.
Curiosamente, los otros tres evangelistas ni tan siquiera citan este episodio. Quiere decirse que a partir de esta noticia de Mateo se ha ido magnificando la leyenda. De hecho, el evangelista no indica ni tan siquiera cuántos eran, ni su nombre, ni el tipo de magia que hacían, ni cuál era su procedencia.
El trío nace en el siglo III cuando Orígenes de Alejandría, un teólogo cristiano que se especializó en interpretar los datos que le llegaron de un pasado inmediato, aventuró que eran tres. Paralelamente, Quinto Septimio Tertuliano, un patriarca bereber del cristianismo, asegura que eran reyes y que sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Al poco se fijó la fecha de su llegada a Belén el 6 de enero, a tan sólo doce días del nacimiento. Sus camellos debieron ser muy briosos o sus reinos eran próximos.
Con el paso del tiempo la leyenda de los Reyes Magos fue tomando consistencia. En el siglo VI ya aparece un mosaico en Rávena con los tres personajes vestidos con atuendos orientales y sus nombres escritos. Su vestimenta va enriqueciéndose en posteriores representaciones en las que lucen coronas. En el siglo XIII la leyenda se amplifica con comentarios que explican la simbología de los presentes: el oro es para el rey, la mirra para el hombre y el incienso para el dios. También se explica entonces que los tres reyes representan a los tres continentes entonces conocidos: Europa, Asia y África.
La muerte les unió
Al parecer, los soberanos murieron en sus países y fueron enterrados en Saba, el territorio de la famosa reina que sedujo a Salomón. Sus restos permanecieron en reposo hasta que Santa Elena, la madre del emperador Constantino, se los llevó a Constantinopla para rendirles culto. Diversos avatares bélicos y religiosos motivaron el traslado del relicario a Milán y posteriormente a Colonia, donde el arzobispo hizo construir un arcón y la catedral que los alberga. Resulta obvio señalar que la capital renana ha vivido momentos gloriosos con el producto de las peregrinaciones que han llegado a través de los siglos.
Sin embargo la leyenda se detiene ahí, ya que se asegura que en un convento del Monte Athos, al norte de Grecia, existen granos de la mirra que ofrecieron al Niño-Dios. La catedral de San Lázaro, del siglo XII, es uno de los más importantes templos románicos de la Borgoña francesa. Se encuentra en la localidad de Autun y es depositaria de reliquias del titular. Existe, sin embargo una representación pétrea que pasa por ser única: un ángel se aparece a los Reyes Magos en un sueño cuando los tres monarcas se encuentran tendidos en una cama.
La adoración de los Magos ha sido tema recurrente para muchos pintores que han reflejado el hecho de diferentes formas: El Greco, Velázquez, Fra Angélico, Rubens… La trascendencia que adquirió aquella leyenda tejida en torno a los Reyes Magos dio pie a que numerosos pintores, como Rubens, El Greco, Velázquez, Fra Angélico y un numerosísimo etcétera, fuera tomando figura, de forma que si hoy perviven sus imágenes es gracias al arte religioso que se centró en estos personajes que son actualidad todos los años en la noche del 5 de enero.
La evolución del juguete
Posiblemente los primeros juguetes de nuestra era fueron la peonza, el trompo y la pelota que ya tuvieron vigencia en la Roma imperial tras copiar descaradamente lo que ya se utilizaba en Grecia. La muñeca, por ejemplo, tuvo una gran demanda en la capital italiana a medida que su estructura se fue modificando para alcanzar una gran perfección al ser labradas en marfil y madera. Otro detalle: en Roma se fabricaban muñecas desnudas, lo que permitía a las niñas la posibilidad de vestirlas, dotándolas de su correspondiente ajuar, lo cual era un valor añadido.
En una necrópolis romano-cristiana de Tarragona se encontró una muñeca en la tumba de una niña que fue catalogada como extraordinaria pieza arqueológica: está tallada en marfil, mide 23 cm. de altura y mueve la cabeza, los brazos y las piernas. Es un ejemplar único en su género.
Los niños del siglo XII, siguiendo la trayectoria de sus mayores, jugaban con escudos, cascos y corazas. Formaban bandos rivales y libraban sus batallas con la mente puesta en aquellas gestas que se contaban sobre todo en torno a las cruzadas. Todos querían ser Ricardo Corazón de León y conquistar Jerusalén. Así nacieron las grandes batallas en miniatura y la aparición en el siglo XVI de los soldaditos de plomo.
Los soldaditos de plomo permitían (lo digo en pasado porque ya apenas se ven en el mercado) formar ejércitos y enfrentarlos mediante estrategias guerreras que estaban en la mente del propietario, de forma que le permitían variar el curso de la historia. Una de las batallas más repetidas era la de Waterloo. Y no en todas las representaciones perdía Napoleón.
Durante muchas décadas, la figura del soldado reducida a juguete fue enormemente popular gracias en muy buena parte al popular cuento de Hans-Christian Andersen. Capricho de reyes y pieza clave en los ejércitos para enseñar estrategias, alcanzó la máxima perfección en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial.
Los soldaditos de plomo fueron durante muchas décadas no sólo el juguete favorito de los niños, sino cotizadísimas piezas de coleccionistas. Recuerdo al respecto la famosa colección del multimillonario norteamericano Malcolm Forbes, compuesta por 110.000 soldados que representan las más famosas batallas de la historia, y que se guarda en su mansión de Tánger.
Aquí, lejos de aquel lujo y en plena posguerra, nos teníamos que conformar con el juego de tabas, el humilde tranvía de hojalata carente de cualquier automatismo, y el tablero que por una cara tenía el juego de la oca y por otro el parchís.
Surgió entonces lo que se denominó juguete para niños de 8 a 90 años. Se había descubierto un nuevo mercado en el que no sólo participarían los pequeños de la casa, sino también sus mayores. Fue la base del éxito de Juguetes reunidos, de Geyper, unas cajas que contenían nada menos que 55 formas diferentes de entretenimiento y además baratas.
Tanto el tren eléctrico como el scalextric han tenido sus momentos de triunfo, sobre todo el primero mucho más creativo por cuanto permite variar los itinerarios quitando y poniendo puentes y túneles a nuestro libre albedrío. El tren es también uno de los objetivos favoritos de coleccionistas. De hecho, hay reproducciones que están destinadas a este sector. Tanto uno como otro, estos dos juegos tienen el inconveniente de que para su montaje se requiere un gran espacio, pero poco importa cuando se han preparado atrevidos itinerarios y endiabladas carreras con peligrosos bucles.
Hoy como ayer el juguete infantil es un fidelísimo reflejo del ambiente. La ciencia ha abierto nuevos campos y nuevas situaciones, y la réplica perfecta puede verse en cualquier escaparate.
La muñeca Mariquita Pérez
Mariquita Pérez, antecesora de la Barby, fue el gran éxito de la juguetería española en la inmediata posguerra. Su historia nos toca de cerca: Marta Carvajal y Goicoechea, una señora de la alta sociedad vasca, acostumbraba a pasear por la Concha donostiarra con su hija que portaba una muñeca. Ambas, niña y muñeca, llamaban la atención porque diariamente vestían exactamente igual. Este detalle fue aprovechado por Leonor Coello de Portugal, quien, asociada con Pilar Luca de Tena, decidió crear una muñeca de lujo con un buen surtido de trajes y determinadas características. Se pusieron en contacto con el artesano juguetero Onil Bernabé Molina y diseñaron a Mariquita Pérez. Tenía peluca de cabello natural, ropa interior y brazos articulados. Sustituía a Pepona, mucho más vasta y económica, creada en los años 20 por Emilio Gil Moreno, en Murcia.
En torno a Mariquita Pérez se creó un mundo de fantasía que, por supuesto, no tenía nada que ver con lo que se veía por las calles: Que si veraneaba en la Costa Azul y esquiaba en los Alpes suizos… El éxito comercial llevó a sus creadores a montar los preparativos para la primera comunión de la muñeca, con su correspondiente ajuar… Detalle: Cuando Eva Perón vino con trigo para paliar el hambre que había en el país lo primero que pidió en Madrid fue una “Mariquita Pérez”.