Recorrido por Balmaseda tras los pasos de un poeta y su farmacia
Recién salido de la cárcel por deudas, León Felipe quiso empezar una nueva vida llevando a cabo una labor que se alejaban mucho de su interés por las Letras y el Teatro. Eligió Balmaseda
Le bastaron dos años a León Felipe para enamorarse de Balmaseda. Llegó tras una dura etapa en la cárcel como consecuencia de las deudas que acarreaba. Corría 1916, una fecha en la que Europa seguía debatiéndose entre la vida y la muerte en una guerra en la que las tropas alemanas intentaban aplastar al ejército francés en Verdún.
No se puede decir que a León Felipe le apasionara la religión. Tampoco era conocido por este nombre, sino por el de Francisco Camino Galicia con el que fue bautizado treinta y dos años antes en la localidad zamorana de Tábara, un lugar cargado de Historia donde su padre ejercía como notario hasta que la crisis de finales del siglo XIX empujó a muchos de sus habitantes a la emigración.
La familia Camino Galicia vivió en distintas ciudades hasta asentarse en diversos puntos de Cantabria donde el muchacho ejerció como farmacéutico, al tiempo que mostraba su interés por el teatro trabajando como actor en algunas compañías de medio pelo que le permitían alternar con la botica. Eso al menos era lo que se creía él, porque no llegaron a cuadrarle las cuentas y acabó entre rejas.
Una farmacia cerca de San Severino
León Felipe llegó a Balmaseda en 1916 acompañado de su cuñado Jesús Cadenas. Ambos abrieron una farmacia en el número 3 de la calle del Medio. Esa dirección corresponde ahora a Pío Bermejillo número 13. La fachada principal de la casona da a la calle Martín Mendía, que es tanto como decir al río Kadagua. Aún mantiene el espacio que en su momento estuvo dedicado a jardín.
La botica tenía su entrada por Pío Bermejillo, en la parte posterior, a través de una estrecha puerta junto a la cual hoy se puede ver un farolillo y una placa con la siguiente inscripción: “León Felipe. Poetaren botika hementxe egon zen / Aquí estuvo la farmacia del poeta 1916-1918. “Así es mi vida, piedra como tú”. Su firma y el emblema de Balmaseda.
Cuesta creer que no sólo el personaje anduvo entre estas paredes, sino que aquí se hizo poeta, se cambió de nombre y compuso unos versos que dedicó a la villa.
El cambio de nombre posiblemente se debió a un interés personal por olvidarse de su anterior vida azarosa y empezar de nuevo en Balmaseda.Le gustó el nombre de León, porque el día que vino al mundo, un Viernes Santo para más señas, se celebraba la festividad de San León I el Grande, aquel Papa que, según la leyenda, salió al paso de Atila en el siglo V y detuvo su proyectado asalto a Roma. El nombre de Felipe fue un homenaje a Felipe Pinel, un médico francés considerado el padre de la psiquiatría moderna, nacido en su mismo día, pero 139 años antes. Nunca se supo la razón de su simpatía hacia semejante galeno, tal vez fue fruto de las lecturas que hacía sobre temas médicos en la soledad de su laboratorio.
León Felipe siempre sintió un especial cariño por la localidad encartada, posiblemente porque en el tiempo que vivió en ella encontró la tranquilidad y el sosiego que pedía para desarrollar sus ideas y que luego haría factibles en el periplo en que convertiría su vida. Su Soneto a Balmaseda es un poema que los nativos han aceptado de muy buen gusto y sus versos figuran al pie del monumento que le han levantado en la plaza que le han dedicado.
Es un gris y adusto pueblo vizcaíno / donde eternamente cae el agua a manta./ Un pueblo que firmes sus muros levanta / sobre el opulento río cristalino./ Las horas que mueren aquí de contino / el cielo las llora y el río las canta./ Y el reloj las cuenta con su lengua santa / que vibra en la torre de San Severino./ Y el agua que llueve y el agua que corre / a compás del tiempo que mide la torre,/ renueva perenne, viejo Valmaseda./ Bajo tus neblinas y entre sus peñascos, / la prístina efigie del hombre que aún queda / de la austera estirpe de los rudos vascos.
La farmacia de León Felipe sucumbió gracias al corazón de su dueño, un hombre que jamás pudo negar una medicina a una persona sin recursos económicos. El mismo corazón que se enamoró de Irene, una veraneante llegada de Perú a casa de un tío que nunca entendió la relación y provocó que, en 1918, el poeta decidiera bajar la persiana del negocio y abandonar Balmaseda. Fue el punto de partida de una carrera de gran relevancia en el mundo de las Letras, sobre todo a raíz de la Guerra Civil española, cuando marchó al exilio donde publicó el poema La insignia, un canto a la lucha y a la unidad de los grupos republicanos. Más tarde, en 1941, tradujo al poeta Walt Whitman, al que Lorca adoraba, en un ejercicio alabado en todo el mundo.
Balmaseda, la gran desconocida
León Felipe, en la soledad de un negocio atendido con mucha relajación, tuvo tiempo de recorrer los profundos barrancos abiertos por los arroyos Salecillo y Abedular, e incluso de ver un antiguo castillo ya desaparecido con su foso y barbacana que sirvió para la defensa de la villa. O los soportales del actual Ayuntamiento de los que se dice correspondieron a una sinagoga.
El templo de San Severino se levantó a principios del siglo XV, en una época de guerras de banderizos y rivaliza con el Puente Viejo como tema-estrella de la villa. Ésta vía que une ambas orillas del Cadagua, unida a la antigua calzada, tiene un arco central muy elevado y dos muy pequeños a sus lados y representa la Edad Media, una época en que ni el arte ni el acarreo habían progresado todavía.
Balmaseda tiene una gran tradición industrial y mercantil. Antiguamente se hizo famosa por la fabricación de calderas de cobre para pasar después a la artesanía de la madera con la proliferación de numerosas fábricas de muebles, y a la de las boinas con la fábrica La Encartada.
En los alrededores se encuentra el antiguo conjunto monumental de La Mella, formado por la ermita de San Antonio, el palacio de Urrutia, la torre de Terreros, dos ferrerías y un molino, así como las viviendas de los ferrones y molineros, las cocheras y las caballerizas. Todo este conjunto, que formaba una especie de ciudadela amurallada, ha ido desapareciendo. La ermita de San Antonio de Padua, de finales del siglo XVIII, tiene fachada poco menos que catedralicia y está abierta a la calle por una gran reja que permitía seguir los oficios religiosos desde el interior del palacio.
La travesía que separa estos dos edificios, la ermita y el palacio, es hoy una frecuentada ruta peatonal que coincide con el antiguo Camino Real que unía Bilbao con Balmaseda y, si nos remontamos en el tiempo, también corresponde con el trazado de la Calzada Romana que llegaba hasta Castro Urdiales.
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