Cuando se encierra en su taller a crear, a investigar, probar, experimentar y dejarse sorprender, Juan Sukilbide se convierte de alguna manera en un viajero que explora mundos posibles, aunque no se desplace físicamente.

En esa aventura se siente a la vez libre y cautivo. Libre porque es “una experiencia abierta” en la que, cada vez en mayor medida, el artista navarro decide dejarse llevar por el pincel y su movimiento intuitivo y caprichoso por el lienzo, y hacerlo muchas veces sin ni siquiera mirar él el cuadro; y cautivo porque, como recuerda Juan Sukilbide, “todos lo estamos de nuestra manera de ser o de hacer, de nuestra rutina o inercia. Además, mientras estoy encerrado pintando, renuncio a cualquier otra actividad, y en ese sentido también soy un viajero cautivo”, cuenta el artista, que acerca al público navarro su obra más reciente en la exposición precisamente titulada así, El viajero cautivo, que acoge hasta el 7 de diciembre la planta baja del Pabellón de Mixtos de la Ciudadela.

El colorido y la peculiar interpretación de los mapas, los animales y los personajes de sus obras son dos reclamos de esta muestra, que supone la vuelta de Sukilbide a la Ciudadela ocho años después, y que propone un recorrido a través de 21 pinturas, 21 grandes murales (130 x 195 centímetros), cuya temática remite a esa condición en parte natural y en parte adquirida de viajero cautivo. Aquel que no puede salir de casa o, el que saliendo, lo hace con miedo o mediatizado por los peligros reales o publicados. Se podría decir que hay un viajero que es el que recorre el mundo físico y otro que es el que lo representa pictóricamente sintiendo ese vértigo de la cautividad. Las obras de la exposición, cada una de ellas bajo el título El viajero incauto, nacen de un proceso creativo en el que la imaginación, la intuición y la disciplina juegan importantes papeles. “No suelo hacer bocetos previos de los cuadros. Tengo una primera idea muy sencilla, que puede venir de algo nuevo o de cuadros anteriores, pero nunca es una idea ya fija sobre la que luego pinto. La mano te lleva a a hacer formas libres, fluidas, que dibujan montañas, cordilleras, planisferios, ríos, y cada vez más yo dejo que el pincel vaya de un lado a otro del cuadro, trazando esa línea sensible”, dice el autor, de la que van surgiendo representaciones de grandes mapamundis y detalles que nos hablan de esas cosas que le ocurren al viajero cuando se detiene porque le atrapa alguien o un lugar.

naturaleza Los cuadros de El viajero cautivo parten de la inspiración que encontró Juan Sukilbide en la figura de un saltador que se conserva en un fresco romano en la ciudad italiana de Paestum. “La expresión de ese saltador, que se tira al otro mundo, al más allá, a la muerte, me gustó mucho gráficamente, y la llevé al lienzo, en concreto a un cuadro de un mapa mundi que se puede ver en la exposición. A partir de ahí compré más lienzos y fueron surgiendo las demás pinturas”, cuenta Sukilbide.

Sus obras tienen que ver con el movimiento y la fluidez de la naturaleza, de la que vive rodeado en el pueblo de Eraul. “Me gusta mucho salir a caminar por el bosque y ver toda clase de arbustos, plantas, flores, árboles... Me inspira la fuerza con la que la naturaleza busca la luz, crece y se desarrolla, ocupando con sus formas el espacio, y siempre de una manera armónica”, cuenta. Esa plasticidad está presente en sus cuadros, con abundante color y con esa sensación de movimiento que puede actuar como polo de atracción hacia algo muy sugestivo o como señuelo que puede llevar al espectador a extraviarse.

Es la vida, que trasciende el lienzo y llega al espectador. Porque como defiende Sukilbide, “el arte aporta vida en el mejor sentido; creación, una idea de lo que somos o de lo que queremos ser. Por eso hay que cuidarlo. Es un estímulo que te alimenta, te empuja, te ayuda, te hace crecer”, concluye.