Ciclo de la pamplonesa

Intérpretes: La Pamplonesa, Escuela de Danza del Gobierno de Navarra (directora Cristina Álvarez). Programa: Sevilla, Albéniz/C.Álvarez; Danza Ritual, Falla/M.Vera; Danza de los Mirlitones, Tchaikosky/I.Mate; Danza de las esclavas nubias, de Gounod; Zapateado, Giménez/B.Carabantes; Fuego Fatuo: Falla/A.Aranzana; Danza Macabra, Saint-Saëns/Aramendia; Romeo y Julieta, Prokofiev/Barberia; Danza Húngara 5, de Brahms; Fandango, Vives/Carabantes; Bolero, Ravel/Alvares, Aramendia, Aranzana. Programación: Ciclo de La Pamplonesa. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 29 de enero de 2017. Público: se agotaron las entradas (4 euros).

Con una ampliación discreta, interesante y muy bien hecha, el escenario del Gayarre, en su ciclo de La Pamplonesa, acoge una matinée, muy especial, dedicada a la danza. La banda, al fondo, con una sonoridad excelente, sustenta, anima y potencia el luminoso movimiento de las bailarinas (cuarenta chicas y dos chicos, en diversos grupos). Estas, con un gran sentido de acotamiento del espacio, se desenvuelven, gozosamente, bailando unas muy bien elegidas partituras que van desde el fandango, hasta el bolero, pasando por el zapateado y el neoclásico. Las coreografías son ejercicios de inteligencia para bailar en espacio reducido, porque no se renuncia al cuerpo de baile, y, aunque predomina la danza ceñida -tan española-, también hay soltura y variedad, sin sensación de agobio, salvo en algún momento puntual. El resultado es un espectáculo de indudable éxito, musical -con excelentes solos, por los que pasan todos los primeros atriles- y visual, lleno de fuerza y elegancia. Así lo corroboró el público con sus bravos.

La sesión se desarrolla en dos bloques fundamentales: danzas concretas sacadas del gran repertorio -Albéniz, Falla, Tchaikosky, Prokofiev?-, y el Bolero de Ravel. La banda sola, interpretó la Danza de las esclavas nubias, del Fausto de Gounod, con una excelente intervención de clarinetes; y la Danza húngara nº 5, de Brahms, bien llevada por Egea, con ese rubato ansioso, pero sin exagerar.

La Escuela de Danza del Gobierno de Navarra tiene su sección más fuerte en la danza española. La coreografía de Cristina Álvarez, su directora, abre la función con un bellísimo grupo de cinco bailarinas bien plantadas, que, con su revoleo y castañuelas, sacan chispas a Albéniz. Marisa Vera acierta, en la danza ritual del Amor Brujo, al basar su coreografía en un movimiento esquemático y a ras de suelo, con un baile de rodillas: es un inteligente aprovechamiento del espacio de las nueve bailarinas. Y no pierde fuerza, al contrario, tiene garra. Yo, casi, no las hubiera levantado. Alba Amanzana coreografía y baila El fuego fatuo, del Amor Brujo de Falla: es un solo con mantón, muy bien manejado, que redondea, recoge y expande todo el misterio del tema; misterio que surge de las excelentes prestaciones del oboe, la flauta y la trompeta, impecable con y sin sordina. En lo más clásico: Danza de los Mirlitones de Tchaikosky (coreografía de Mate), Danza Macabra de Saint-Saëns (Aramendia), y Romeo y Julieta de Prokofiev (Barbería), hay un esmero en el vestuario, con correctas evoluciones -y un excelente solo de saxo-; puntas en zapatillas negras, por el tema, y detalles de velos negros, y juegos visuales, como sentarse en el borde del escenario. La banda se luce en el pasaje fugado, claro y con rotundos graves. Blanca Carabantes aporta a sus siempre excelentes y originales coreografías, unos toques de humor especial -palmas y sombreros-; su zapateado es de excelsa bravura. En el fandango, con castañuelas, ciñeron estupendamente la simetría.

Y para terminar, nada menos que el Bolero de Ravel. Se sacó al espacio un gran partido: aportación de lo español con abanicos que dan juego de aves. Contrapunto entre los grupos que se entremezclan y, progresivamente, con sus entradas y salidas a escena, consiguen esa tan especial y característica acumulación de tensión que marca la partitura. Final espléndido porque al rico movimiento de brazos y cuerpos, se añade un taconeo que abunda en la ostinada percusión. Egea hizo una excelente labor de concertador con los bailarines, atendiendo al tempo de sus cuerpos.