Música

Estreno de Irizar

10.02.2020 | 02:30

Capilla de Música de la Catedral de Pamplona

Conjunto Instrumental: órgano positivo, arpa, fagot, flauta travesera, oboe, violonchelo, trompa. Laura Montoro, Maica Villaverde, Elena Miral, sopranos. Aurelio Sagaseta, Maestro de Capilla. Programa: Miguel de Irizar: Misa a 8, 5º todo punto alto. Dos motetes anónimos del XVII y XVIII del archivo de la catedral. "Hermosa Catalina" de Guerrero. "Dieu?" de Debussy. Erraidazu Maitia de Illarramendi. Ittungo arotza de Aurelio Sagaseta. "Schafe können?" de J.S. Bach. "Angelus" de Franz Biebl. "The Lord?" de John Rrutter. Programación: Ayuntamiento de Pamplona, dentro de la celebración del Privilegio de La Unión. Fecha: 5 de septiembre de 2019. Lugar: refectorio de la Catedral de Pamplona. Público: lleno (gratis).

De entrada, hay que decir que, sin paliativos ni chauvinismos, la Misa a ocho, 5º tono punto alto de Miguel de Irizar (Artajona s. XVII) es una maravilla. Es de esa polifonía que trasciende la maestría contrapuntística, la técnica compositiva, para convertirse en una obra cálida, poderosa y que implica emocionalmente al oyente; una polifonía que -todavía con atmósfera renacentista- se engrandece y adorna, sobrevuela los departamentos estancos de las diversas voces, para ofrecer una envolvente sensación de totalidad sonora, que, como explica muy bien el Maestro de Capilla, con elementos parvos -escala ascendente y descendente- consigue la máxima expresión; la máxima riqueza; y, a la vez, una profunda intimidad serena, sin aturdir. Altísima polifonía, que debe ir pareja, en las programaciones, a la de los grandes polifonistas del Renacimiento. Es una obra a ocho voces, contundente, rotunda, que inunda el espacio hasta engullirlo todo, pero que, sin embargo, resulta liviana para su comprensión, porque su fluidez y oleaje arrastran, y es fácil incorporarse, desde la sala, a su deslumbrante canto. Irizar, pobre de solemnidad como recalca don Aurelio -que no tenía ni papel y aprovechaba el reverso de las cartas que recibía-, nos da una lección de genialidad sin apenas medios; hoy, por lo menos, escuchamos su música, a modo de justicia poética, que le debe la historia. Kyrie: comienzo tranquilo y expectante, enseguida solemne, con toda la sonoridad coral. El Christe es más movido; las sopranos ya apuntan su tendencia a lo agudo: es una partitura muy exigente para las sopranos en la zona alta, y peligrosa para excederse, así que el director retiene un poco su sonoridad. Gloria: grandiosa exaltación, con una parcela, el Quoniam, que se detiene en una belleza más clarificada. Del Credo, se ofrece solo el Et in Carnatus, página, también, muy hermosa, diáfana, precursora, sin duda, de toda la tradición que vendrá después a la hora de abordar este texto fundamental (Hdyn, Mozart, Beethoven?). Sanctus: entrada algo balbuciente, que se agranda, cuando se incorporan todos; como en el Agnus, aquí el comienzo es para los tenores; entonces se esponja y expande el alma, a medida que se alcanza el clímax, y se deja consumar con el acorde perfecto del final. Con buen criterio -(lo hicieron también The Tallis Scholars con misas de Palestrina)- entre el ordinario de la misa, se intercalaron motetes de la época, para acercarse más a la liturgia destinataria de estas composiciones.

El resto del programa fue acorde con la celebración municipal. Un Francisco Guerrero festivo y bien pronunciado. Una nana acunada por las sopranos Laura Montoro y Maica Villaverde, a partir del arpa y de la ronroneante boca cerrada del coro, que termina en un pianísimo muy hermoso y mullido. Un cavernoso y casi rebuznante -como debe ser- canto popular de Ituren, de A. Sagaseta, sobre el que se alzan, luminosas, las sopranos. Una bella y siempre comprometida aria bachiana muy bien cantada por Elena Miral -en el estilo, y a la vez con cuerpo en la voz- y que retoma el coro. Un retorno al gregoriano -hombres- que introduce una romántica Ave María de todo el coro, de Franz Biebl (1906-2001). Y un John Rutter (s.XXI), donde se luce el oboísta Marcos Vicente. De propina -también con oboe-, Sagaseta homenajea a Morricone y su música de La Misión; no sin reivindicar los cientos de partituras de las Misiones Jesuíticas de donde procede.