El extraordinario saxofonista Goia-Aribe ha compuesto un, digamos, capricho coral que es, sobre todo, una declaración de amor a Pamplona, a su entorno vital del casco antiguo, –fundación e historia–, y a sus incomparables fiestas, en su música, sobre todo, con citas muy concretas y homenaje a Turrillas incluído. La primera sorpresa para los que nos acercamos al concierto, fue la ausencia de música instrumental, concretamente del saxofón, claro.

La Suite Pompelo es una obra vocal, a capella, (o sea a voces solas) que narra el devenir histórico de la ciudad desde el año 75 a.c. hasta nuestros días; con once números, de los cuales cuatro se refieren a su historia, y el resto a la celebración contemporánea de la fiesta. En general, la obra se mueve en cierto minimalismo, que suele tener bastante aceptación entre el público, y que, como todo minimalismo, se basa en la repetición. Aquí, Josetxo G-A., además, juega, –quizás abusivamente– con la deconstrucción del texto y su ritmo entrecortado. Para los que le hemos seguido en sus conciertos de saxofón, diríamos que trata a las voces como las llaves del instrumento, percutidas en cierto modo, con un fraseo cortante en muchos tramos, solo aliviado por algún fragmento más tenido, como el Me miserum (el Pobre de mí).

Este deletreo constante está lleno de trampas para el coro, al que se le exige una precisión milimétrica en cada compás para entrar y salir del texto. Esta muy personal escritura viene bien en algunos números muy concretos por ser un tanto onomatopéyica: por ejemplo en la recreación del lavadero del río (solo voces de mujeres que mueven los brazos arriba-abajo), de los pasos cortos (tipi-tapa) del Camino, o de la parcelación de los adoquines, (Silentium), siempre con cierto sentido del humor de fondo. Los textos son, fundamentalmente, en euskera, con asomos del latín, y el castellano en los finales sanfermineros. En el tramo histórico, quizás hubiera cabido algún tema más arcaizante (vísperas religiosas…). Sí que está presente la rica tradición coral de la música vasca en los compases más polifónicos.

Las dianas, el Anaitasuna, el pasodoble, la jota, la nostalgia del Pobre de mí (min-miña, dolor), el Riau-Riau, se recrea con citas muy concretas, haciendo de su audición un mosaico de temas que van apareciendo entre ese agradable y entretenido pedregal de notas entrecortadas. La Coral de Cámara de Pamplona hace un verdadero ejercicio de disciplina y asimilación de la partitura (bastante correosa por esa sensación de continua síncopa), y David Gálvez, se implica totalmente en una dirección que resulta más fundamental que nunca para llevarla a buen puerto.

El concierto se enmarcaba dentro de las actividades de inauguración del Civivox Pompelo (Pompelo?, Pompaelo, Pompeyo?, qué manía tiene esta bendita ciudad en enredarse con los nombres: el monumento a los fueros no está en la plaza de los fueros, San Fermín no está en la parroquia de San Fermín...). Hubo cierta confusión con la adquisición de entradas, los anuncios no especificaban que se podían adquirir por internet y muchos nos quedamos en espera por si sobraba algún hueco: afortunadamente muchas invitaciones fallaron y pudimos entrar.

Por otro lado, la parte de arriba del magnífico auditorio (400 butacas) tuvo que escuchar el concierto con bufanda, no se podía graduar el aire acondicionado (son pequeñas cosas que se arreglarán). En cualquier caso bienvenido un nuevo Civivox. Tienen un éxito espectacular: el que yo frecuento (Iturrama) está muy bien gestionado. Mil gracias a los que los pusieron en marcha. Feliz y armonioso 2026.