La familia como territorio inquietante. El bosque como escenario simbólico, mítico, arquetípico. Estos dos elementos se suman a una casa con memoria propia en La noche en equilibro (Aristas Martínez), lo nuevo del escritor navarro Ismael Martínez Biurrun, que si bien en esta ocasión plantea una historia más realista, siempre desliza algunos toques de magia, fantasía o terror.
Me da la sensación de que ‘La noche en equilibrio’ sigue un poco la línea de ‘Duración de un fantasma’ hacia un relato más realista. Por supuesto, hay carga de terror y fantasía, pero dejando atrás esa parte y centrándote más en la realidad.
–Totalmente. Creo que podría decir que es mi novela más realista. Incluso algún amigo me ha dicho ‘se te ve más maduro’ (ríe). A lo mejor es porque esta novela tiene menos escenas truculentas o fantásticas, aunque quería conservar una atmósfera fantástica que ya viene del propio escenario del bosque. El bosque como lugar mágico del inconsciente y la casa metida ahí en medio, en un escenario tan arquetípico para todo el mundo. Se han escrito millones de historias y se seguirán escribiendo en torno a él porque es un lugar muy simbólico y atractivo. A la vez, me interesaba que fuera una historia de familia, con toques de realismo mágico o de realismo fantástico, por decirlo así. No tanto para generar terror, que es algo con lo que disfruto mucho; aunque, progresivamente, sobre todo en el tramo final, la historia se oscurece mucho.
Hay quien ha comentado que es su novela más cercana al thriller, aunque no lo parece porque, como en otras ocasiones, es una historia de desarrollo lento.
–Conforme la escribía veía que era una historia a fuego lento. No hay muchos giros ni cosas repentinas; se van introduciendo elementos que generan una atmósfera inquietante, incómoda o perturbadora, pero sin grandes sobresaltos. Se trata más ir sembrando cosas que llevan a un desenlace más trágico o dramático. No sé si thriller encaja realmente porque tampoco hay elementos de adivinar un misterio. Hay interrogantes relacionados con el pasado de la familia y los secretos, pero no una gran intriga que resolver; porque casi todo lo que pasa sucede dentro de las cabezas de los personajes. Es una historia más introspectiva que de acción.
“La premisa del proyecto de Lili es absurda, pero permite que la gente grabe cosas inesperadas que revelan cómo somos en el fondo”
Nuevamente aparece la familia, un tema muy presente en su trabajo. ¿Le parece un territorio extraño?
–Es que les extraño, pero a la vez familiar. Tiene esa cosa que Freud enlazaba muy bien, como si lo extraño, lo inquietante y lo familiar fueran reversos de una misma emoción. En el fondo, la familia es de donde surge nuestra identidad. Además, me apetecía abordar la idea de los padres con hijos adolescentes, algo que no había trabajado y que he vivido personalmente. Tiene sus conflictos y tensiones que tienen que ver con las dudas que le entran a cualquier padre acerca de cómo relacionarse con ese hombre adulto en el que se está convirtiendo su hijo. En realidad, es una novela que gira alrededor de esas dudas como padre y como miembro de una familia bien avenida en la que inevitablemente surgen tensiones. Y con esa resonancia un poco mítica que concede el escenario del bosque. Cualquiera que tenga hijos podrá entender perfectamente estos temas.
También están el conflicto moral, la culpa y la redención. ¿Es la ficción el mejor vehículo para poner a prueba los límites éticos de personajes que son gente corriente?
–Pues no sé si es un espacio seguro, como se dice ahora, pero la ficción sí permite sacar todos esos demonios, ponerlos a danzar y ver por dónde se resuelve la historia. Perono me interesa nada dar moralejas ni resoluciones morales, ni siquiera consejos; me interesa explorar las emociones en su imperfección.
¿Y los secretos?
–Uno de los temas centrales de la novela tiene que ver con los secretos: la idea de que puedes vivir treinta años con alguien y creer que lo conoces, pero siempre existe un límite. Nunca podemos acceder del todo a los pensamientos y emociones de otra persona. Hay, incluso, una barrera física, que es el cráneo. Y lo que me rondaba era que, quizá, esa incapacidad de acceder sea justo lo que nos salva, lo que permite que nos queramos y mantengamos un poco el misterio dentro de una pareja o entre padres e hijos. Tal vez no sería tan bueno que desaparecieran esas barreras y pudiéramos ver totalmente lo que sienten los demás.
La novela habla también de lo que somos y hacemos cuando nadie nos ve, que es la idea sobre la que trabaja el personaje de Lili.
— Me gustaba mucho la idea del proyecto de Lili, que presta una cámara para que la gente grabe cosas con la promesa de que nunca saldrán de ella. Es una premisa absurda, pero tiene cierto sentido simbólico y permite que la gente grabe cosas inesperadas, confesiones, escenas íntimas, extrañas, pequeñas transgresiones o cosas indecentes, pero de alguna manera reveladoras de cómo somos en el fondo. Creo que revela la existencia de un espacio interior que debería permanecer cerrado a los demás y que quizá contiene la clave de nuestra verdadera identidad. Precisamente, este tema habla de salvaguardar esa intimidad y no permitir el acceso, de modo que nadie nos conozca del todo.
Serván se compromete a no mirar, pero acaba mirando esas imágenes grabadas por los vecinos.
–Como escritor, no podía permitirme no mostrar nada porque sería frustrante. Quizá parte del juego consiste en mantener una habitación cerrada dejando un pequeño resquicio abierto para que alguien pueda echar una miradita. Quizá es esa mirada de alguien es la que acaba de dar sentido a nuestros vicios o yo qué sé. Son cuestiones que seguramente estarán muy estudiadas desde el ámbito teórico psicológico, pero a mí me interesaba imaginarlas desde la ficción.
Ese mirar o no mirar ¿tiene también una dimensión social?
–Uno de los temas fundamentales de la novela tiene que ver precisamente con la tensión entre el individuo y el grupo, y lo que hago para explorarla es jugar con la idea de acercamiento y alejamiento: la casa está alejada del pueblo, pero Lily y los chicos encuentran el modo de acercarse a los vecinos; la casa está aislada de internet, lo que arranca a Nereo de sus grupos virtuales y lo obliga a relacionarse con las personas reales que lo rodean, y por último, las piedras, que producen el efecto mágico y hasta cierto punto tóxico de sacar a todos de su aislamiento y de sus cápsulas mentales privadas.
Crea una casa extraña desde su arquitectura; una localización que contiene mucho pasado, pero también presente y quién sabe si futuro.
–Mi idea inicial era hacer una casa anodina, con poco de singular o extravagante; un escenario neutral donde pudieran desarrollarse las cosas. Me la imaginaba casi como un escenario teatral con dos plantas donde tienen lugar dos fiestas paralelas. Pero, conforme avanzaba la escritura, adquirió protagonismo porque la casa familiar siempre arrastra connotaciones psicológicas, simbólicas y míticas. Incluso llega un momento en que parece tener una forma de mirar propia, recuerdos propios. Incluso se juega a que algunos de los objetos que aparecen no son propiamente recuerdos de ninguno de los habitantes, sino de la propia casa. Ahí me permito atravesar un poco esa barrera porosa entre la realidad y la magia.
Esa casa parece estar en el norte.
–Mis editores me preguntaban dónde estaba. Ellos son de Extremadura y podría ser, pero nunca se dice. Yo imaginaba más Castilla y León o un pueblo de la España vaciada.
¿Pero ese nombre, Menagaray, sí que hace alusión a sus orígenes navarros?
–(Ríe) Ahí sí que inevitablemente se me cuelan cosas.
En medio de una realidad oscura como la actual, autores como Ismael Martínez Biurrun o Mariana Enríquez se acercan a ella con desde relatos que contiene toques de fantasía o magia. ¿El realismo no alcanza para abordar algunas situaciones?
–Es un tema que tengo sin resolver: cómo hablar de lo social y lo político a través de la ficción. Me genera inseguridad. Me interesa mucho más el terreno psicológico y emocional y las historias que tienen que ver con la experiencia humana, como ser padre, por ejemplo. Lo fantástico abre una habitación extra al escritor donde introducir elementos relacionados con el inconsciente. Permite jugar con sombras y figuras fantasmagóricas de una forma simbólica, sin procesar racionalmente, pero con una enorme resonancia emocional.
“Lo fantástico abre una habitación extra al escritor donde introducir elementos relacionados con el inconsciente”
Como guionista que es, ¿le gustaría llevar alguna de sus novelas al cine?
–Me encantaría, aunque no tanto reescribirlas yo mismo. Hay alguna adaptación en proceso, como la de Invasiones, pero no termina de salir la cosa. Mis historias tienen un problema: son difíciles de resumir. Me cuesta generar esos high concepts, esos conceptos narrativos fáciles de explicar a los productores. Las plataformas buscan grandes conceptos y mis historias son un poco brumosas a la hora de resumirse. Pero, claro, el elemento visual para mí es fundamental, incluso en la construcción de escenas. Pienso mucho como guionista en ese sentido.