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Miura, el mito no se queda atrás

Si alguna casa parece inmovilista en el campo bravo, es la histórica casa de Zahariche, y sin embargo, con el duro trabajo diario, siguen buscando su toro para el mañana

Miura, el mito no se queda atrás

No llueve. Pero no ha parado en toda la noche y la mañana en Jerez sigue gris. Nos tocaba viaje largo hasta Lora del Río, y tal y como teníamos previsto para el día en cuestión, nos quedaba claro que mi ahijado jerezano se apuntaba a ello. Asuntos propios para pasar la jornada completa en casa de la familia Miura, y un chófer para que David y yo estemos más relajados. Todos ganamos. Y tras unas compras de última hora en ruta camino de la localidad sevillana, viendo cómo se han echado a perder cultivos de todo tipo a ambos lados de la desastrosa carretera A4, como si fuera algo lujoso disponer de dos viales por sentido, por fin, llegando a Sevilla, las nubes se abrían y nos dejaron contemplar el sol. Después de una semana sin asomarse por estas zonas de calor parece sanador.

Entramos en la finca unos minutos más tarde de lo previsto. Las compras nos han retrasado, y tampoco es que tráfico y situación permita acortarlos. Y mientras entramos en la casa a dejar nuestros encargos empieza a chispear. El ganadero nos atiende. La señora está en Lora y tardará un rato, y cuando parece que se aleja la nube que nos mojaba volvemos a intentar llegar hasta el cercado principal. Allí guardan cada año los toros que cumplen cuatro años, que son los que se lidiarán y correrán este año en el planeta toros por parte de esta ganadería.

Y cuando llegamos delante de un hermoso animal, posible de Pamplona, empieza a llover intensamente y debemos dejarlo. Y es que vamos a instalarnos en la zona de los comederos, que están en la parte más alta. Con el pequeño todoterreno de la casa, muy apto para estas situaciones de agua y barro, no podemos pasar de ahí. Bajar por las laderas en busca de esos toros, tan diferentes al resto hasta en su cría, no va a ser posible. Será el mayoral de la casa a caballo, el bueno de Antonio Domínguez, quien los vaya a buscar y nos los traiga. Pero bajo semejante aguacero nos da algo más que vergüenza verlo deambular con su gran tordo. “Mejor dejarlo”, comento al ganadero. Y nos volvemos de nuevo al cortijo.

Aún queda rato para aperitivar y comer, y como David no conoce la zona del museo, allí echamos el rato, viendo todo lo reunido en casi doscientos años por esta familia. Cuadros, fotos, toros y recuerdos, entre otras increíbles obras históricas, llenan salones seguidos que han quedado para pocas celebraciones al año abiertos. Y es un honor que podamos deambular por las salas. Allí nos pilla la mujer de Antonio Miura, que nos cita en el comedor, donde ricas viandas nos esperan, y mezclando productos navarros con un gran puchero de manitas, pringá, chorizo y garbanzos ampliamos, gozosos, el viaje gastronómico.

Ya en los cafés, vuelven a abrirse claros y el sol aparece, así que, sin apenas duda, nos volvemos a poner en marcha. Y esta va a ser la buena. Ya nos ha comentado que, después de lo escuchado el año pasado, ha decidido enfundar todos los posibles toros que vayan a Pamplona. En el obligatorio saneamiento han colocado fundas a una decena de toros, de los que seguro saldrán los seis que arriben al Gas. Eso siempre que no ocurra percances, porque de los cincuenta a sesenta toros que forman su saca anual, de principio no pueden pensar más que en seis corridas una temporada más.

Ya había visto toros con fundas en esta finca, pero nunca había podido echar fotos a ellos. Eran casos excepcionales, como aquellos lotes que tenían que ir a Perú. Pero esta es la primera vez que los veo en los nuestros. Y es que, a pesar de tanto detractor urbanita, el invento es necesario en casas donde los toros se pegan, los suelos calizos merman y astillan sus pitones ante el insistente rascarse en ellos que tienen estos animales. Eso unido al tipo de encaste, toros de grandes macetas de salida, y en su mayoría astigordos redondean en demasía esas puntas que tan poco gusta en la actualidad.

Colocados en mitad de los comederos, el mayoral poco a poco nos va trayendo los negros y cárdenos que compondrán el lote sanferminero, y a distancia prudencial, todo el esfuerzo que la familia Miura está haciendo en este día nos compensa a la vista. “Está más fuerte”, comento. “Sí, es mejor, y eso que aún alguno no cumple los cuatro o los acaba de cumplir. Pero todos solo tiene tres yerbas”, habla Toto. “Tú ya sabes”, continúa, mientras explica porqué sus toros ya no son los que más sobresalen. “Nosotros no llevamos cinqueños. Estos toros en un año más se ponen con demasiados kilos”, sentencia. Y es que algún cinqueño que les queda y lo venden a las calles son auténticos monstruos.

No podemos ver todos. Algunos se refugian tras la propia cerca, y no queremos que el vaquero se arriesgue, que el suelo está muy inestable. Pero por fuera nos acercamos a uno que se levanta y se coloca perfecto a la foto. Lástima de la valla, pero se ve inmenso. Y con paciencia, fe y esfuerzo la visita a la ganadería es increíble. Y todo eso se lo hacemos saber al ganadero en la sobremesa que aún nos espera. Larga. Cortada por la señora Cristina cuando nos avisa que el Guadalquivir está a punto de encimar el puente de Lora y saltar hacia la carretera. Algo impensable. Y si conocen el lugar no se lo podrán ni creer. Pero a oscuras, con chófer sereno, salimos con mucha precaución camino de vuelta, alucinando por el día echado, y dando fe que el río ha subido hasta el cruce de Carmona.

No sabemos contar si son diez, doce o quince metros más de lo normal, pero es que todo lo que sucede está siendo difícil de explicar, salvo la enorme gratitud por el esfuerzo que están haciendo en todas las casas que visitamos. Volvemos a nuestra sede jerezana sintiéndonos unos privilegiados. Mañana toca Cebada, si se puede entrar a La Zorrera. Se lo contaremos.