No es exagerado afirmar que el corazón de Navarra late estos días al ritmo de Osasuna. El equipo de fútbol ha contagiado de su entusiasmo a todo el mundo y ha convencido, incluso a los seguidores más fríos, de que puede ganar lafinal de la Copa que este sábado disputa con el gigante Real Madrid como rival.
Con ese ánimo han viajado a Sevilla alrededor de 25.000 seguidores rojillos que quieren formar parte del acontecimiento y ganar el otro encuentro, el que se juega en la grada. De salir airoso del reto, para Osasuna sería el primer título de relumbrón en 102 años de vida, excepción hecha del campeonato de Segunda en 2018-19. Aunque es la segunda vez que llega al partido definitivo (la anterior fue en 2005), en esta ocasión el hito tiene más relevancia, ya que hace solo ocho años el club estuvo al borde de la desaparición, casi asfixiado por una de las mayores crisis de su historia. La gestión realizada por la directiva presidida por Luis Sabalza desde diciembre de 2014 no solo ha sacado a flote a la entidad sino que ha elevado el nivel competitivo de la plantilla, ha fortalecido la estructura de la cantera, ha construido un moderno estadio sobre los cimientos del anterior (todo un símbolo) y trabaja en la ampliación y mejora de las instalaciones de Tajonar. Todo ello en un escenario siempre tensionado por la deuda pendiente, la casi total dependencia de los ingresos por televisión y el incremento presupuestario que en cada ejercicio implica responder al contrato de futbolistas más cotizados y más caros en el mercado. Porque mantener los proyectos y la estructura que tiene el club implica el seguir ganando en el campo para sostener el estatus. Por eso, con ser lo más importante, la final es una estación en el camino; después de esta medianoche el fútbol y toda la industria montada a su alrededor mantiene el nivel de exigencia y nadie puede dormirse en los laureles ni derrumbarse ante la derrota. A Osasuna, la notoriedad de la final le va a granjear una repercusión económica; pero igual de positivo o más es lo que supone esta final como arraigo del osasunismo. Un club de fútbol que no es sociedad anónima necesita mantener fuertes sus raíces, fusionarse con su entorno, garantizarse una protección ante una situación de crisis. Ese sentimiento que late hoy en toda Navarra vale también por un título.