¡Cuántas Pamplonas hay en una sola! Este miércoles al salir de clase de inglés, donde me tocó defender el cine de Hollywood, me encontré de bruces con los coros de Santa Agedacantando antiguas coplas en euskera y fui corriendo al Condestable donde dos monstruos de la cultura vasca, el escritor Bernardo Atxaga y el cineasta navarro Oskar Alegría, iban a hablar de otro monstruo más monstruo todavía: Jorge Oteiza.
Todos sabemos que la obra del escultor oriotarra está en un museo precioso en Alzuza y que fue una especie de genio que dejó su obra a Navarra para que la gestionase y la diese a conocer con el objetivo de que otras personas pudieran seguir avanzando en los caminos artísticos e intelectuales que él planteó. Pero ¿qué caminos eran estos? ¿Por qué fue tan importante? Ayer lo explicaron claramente: Oteiza fue quien se fijó en las formas de vida que venían desde el neolítico y en la cultura popular que estaba absolutamente menospreciada y marginada y la llevó al mundo de la vanguardia artística.
El mismo proceso de recuperación y prestigio que Gabriel Aresti hizo con la literatura popular, lo que Laboa, Lertxundi… hicieron con la música o lo que otros intelectuales y artistas hicieron con la txalaparta o el bertsolarismo, por ejemplo. Una reconexión con la propia historia, con la naturaleza que nos rodea y con una manera de ver el mundo porque, como recordaba Alegría, en Dos Hermanas donde nosotros vemos dos rocas, Oteiza veía el espacio entre ellas, al igual que nuestros antepasados, que llamaron a este lugar Axitarte (el espacio entre las rocas).
Entre tanto, miles de personas siguen por las calles de Iruñea sin saber, ni siquiera, qué es eso del euskera.