Podrá gustar mucho hoy, y con un katxi en la mano ni te cuento, el estribillo escueto de RIP –“¡Policía, no!”–, el hedonista de Eskorbuto –“Mucha policía, poca diversión”– y hasta el filosófico de La Polla –“Era un hombre, y ahora es poli”–. No obstante, llega mañana y de hecho se asume aquella maqueta de Vómito: “Los gobiernos pasan, las sociedades mueren, pero la policía es eterna”. En general, la edad apuntala esa asunción y rebaja a grafito la utopía ácrata. No hay problema. También son necesarios los semáforos.
Dicho lo cual, se confirma que un ertzaina disparó una bala de foam a un joven que gesticulaba cerca durante una protesta. Perdió un testículo, y eso es grave. Sin embargo, más lo es acusar a la víctima de saltarse el cordón de seguridad y lanzar botellas en el momento del disparo. La grabación lo desmiente. Y, peor aún, ningún ertzaina, y había muchos, se dio por enterado, y tampoco ninguna de sus cuarenta cámaras. Aunque ertzaina significa el que cuida al pueblo, no es la primera vez que resulta más preciso llamarle ertzainzaina: quien protege con silencio gremial al compañero.
De igual modo que hay quien defiende al lince ibérico por ibérico, no por lince, hay quien insiste en defender a la policía vasca por vasca, no por policía. Es un error. En un país normal criticar un uniforme dista de ser un acto antipatriótico. Y, claro, se comprende el afán institucional por que la anécdota no se convierta en categoría, pues una nube no hace invierno. Pero seguir negando que a ratos llueve es fiarlo todo al gentilicio, como si un policía vasco fuera distinto de un maltés o un español. Para bien y para mal.