Si vas a ver la última de Torrente y te ríes eres extrema derecha, puesto que el tipo últimamente da señales aunque no muy claras de cojear de ese pie. Si vas y dices que es un truño, eres extrema izquierda. Si odias a Bardem, eres de derechas. Si te encanta, eres de izquierdas. Si te gusta Banderas, de derechas, si no, al revés. Y así con un carro, ya sea en el cine, la televisión, la prensa, el deporte, la música y prácticamente con todo el espectro de la vida social. No sé en qué momento se comenzó a gestar esta deriva pero confieso que a mi tanta política metida hasta en el último recoveco de la vida me tiene entre harto, aburrido y desorientado.

Es como si ya hubiese que pedir perdón porque artísticamente te guste una cosa que ha hecho alguien que es tal o cual o si solo te pudiesen motivar las creaciones que vienen de un lado del espectro o de otro o si, sin más, el exceso de opinión política y sobreexposición de muchos de estos creadores y creadoras nos hubiese arrastrado a un punto en el que manejamos información sobre sus querencias que hace décadas no se manejaba y eso ha convertido la experiencia de leer, ver o escuchar en algo mucho más molesto y con interferencias que entonces.

Si ves esta tele eres esto, si lees a tal autor eres lo otro, si cantas tal cosa votas a cuál. Agotador, al menos bajo mi punto de vista. No sé, no sé si en otros lugares de este planeta Tierra tan alborotado pasa algo parecido o somos la vanguardia mundial de la interferencia política en lo que es la vida más cultural o social. Imagino que también pasará, aunque no sé si con la intensidad que tenemos aquí. Porque aquí si algo somos es intensitos cuando nos ponemos. Para amar, para odiar, para denostar. Anda que no. Y para catalogar, etiquetar, encasillar y señalar. Vamos, un panorama no ya polarizado sino directamente intoxicado hasta el tuétano. Y sin pinta de parar.