El ex magistrado de la excepcional Audiencia Nacional Baltasar Garzón va a presidir la Comisión de la Verdad que ha creado el Gobierno de Sánchez para esclarecer las violaciones de derechos humanos durante la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Ya el nombre de Comisión de la Verdad me genera ciertas dudas y repelús. Me suena a los mismos tintes orwellianos que el Ministerio de la Verdad de 1984. Por supuesto, me parece muy bien que se intenten esclarecer los crímenes de la violencia de los golpistas y de la represión del régimen durante los 40 años siguientes.

Navarra es un buen espacio para investigar hechos y autores, aunque los propios historiadores y colectivos de la memoria de Navarra ya han desvelado la mayor parte de la carnicería humana que siguió al 18 de julio de 1936 y a sus responsables. Si la denominación no me gusta, tampoco veo a Garzón al frente de semejante responsabilidad humanista. Pasó de ser un juez estrella en la Audiencia Nacional a terminar como un juez estrellado y fuera de la carrera judicial. Ya el mismo apelativo de juez estrella da que pensar. Se refiere a los tiempos de glorificación política y mediática de aquellos que hacían y deshacían a sus anchas amparados en el poderoso fortín de la justicia de excepción de la Audiencia Nacional.

La glorificación, claro, se mantuvo mientras sus decisiones caían bien, se ajustaban a lo que se espera de un modelo judicial sometido a las directrices de la política, en el que se anula la separación de poderes democrática. También les pasó a otros como Marlaska, actual ministro de la Porra de Sánchez y más de siete veces condenado por el Tribunal de Estrasburgo de Derechos Humanos por no investigar denuncias de torturas de personas detenidas. Pero tan pincho, disfrutando de los oropeles del poder como si nunca hubiera roto un plato. Garzón fue juez estrella mientras sirvió desde su impunidad judicial a determinados intereses políticos, económicos, judiciales o mediáticos, ya fuera para dar la puntilla a la decadencia felipista, en la que él mismo había participado como alto cargo en el Gobierno de González, o para tratar de dar apariencia legal al todo es ETA, o para mirar hacia otro lado ante las denuncias de malos tratos y torturas.

Pero cometió el error de creerse que su impunidad era eterna. Se equivocó: arremetió contra los crímenes del franquismo, aún amparados por el sumiso silencio del Estado, y acabó estrellado en el banquillo del Tribunal Supremo tras una denuncia del sindicato ultra Manos Limpias. La cantidad de atropellos a los valores democráticos de un Estado garantista de Derecho y que ha cometido el juez Garzón en la instrucción de sumarios no le avalan para presidir una comisión sobre violaciones de derechos humanos. Con la excusa de la lucha contra el terrorismo de ETA se superaron por parte del Estado y de sus principales poderes líneas rojas antidemocráticas y Garzón fue uno de los protagonistas de aquel camino repleto de ilegalidades.