Ya están montando la Tómbola –se ha tenido que mover de Paseo Sarasate, en obras, a la plaza del Baluarte, esa a la que UPN denominó Plaza de la Constitución, la misma Constitución que quiere rehacer ese mismo UPN por lo de la Transitoria Cuarta, un atisbo de libertad ciudadana si se diera que debería ser derecho de otros muchos pueblos y comunidades– y ya tenemos cartel ganador de los Sanfermines, así como el de la Feria del Toro.
El de Sanfermines, a mí, personalmente, no me gusta, aunque reconozco que tiene su encanto naif, pero, vamos, qué sabré yo de dibujos y pinturas, nada. El caso es que subidos a lomos de pequeños y grandes ritos –en Napardi ya vi que celebraron cenas de la escalera el día 5, aunque luego no sé si quienes limpian las cocinas y la sociedad son hombres o mujeres, eso no sé si va en los estatutos o se juega a varias barajas– esto ya va oliendo no solo a San Fermín, que por supuesto, sino a verano, porque para muchos y muchas San Fermín marca precisamente el inicio del verano: arranca la fiesta, me largo de aquí.
Tienen muy mala prensa –y más entre el casticismo más militante, unos plastas de cojones, algunos, lógicamente– todos aquellos que no solo huyen de San Fermín sino que reniegan de la ciudad y de la fiesta durante esos 9 días locos de julio, pero lo cierto es que son muchos y para mí que históricamente no se les ha dado el peso que merecen.
Vamos, el ciudadano normal y corriente al que por mil motivos le supera ese mogollón de todo tipo y que se larga de la ciudad que más o menos ama para que la devoren unos cuantos de por aquí y otros muchos de por allá. No hay escritas novelas de quien se pira, ni les invitan a las tertulias ni les dan el, Gallico de Oro o el premio equis. No cuentan. Y podrían contar muchas cosas que aportaran. Algún año deberían nominarles para tirar el chupinazo. Lanzarlo y coger carretera y manta.