Hace casi un siglo escribir TQM parecía el fin de la lengua; luego llegaron los emoticonos hechos con signos de puntuación ;-) y más tarde los emojis y más cambios adaptando el idioma a la tecnología de moda. Ahora la chavalada practica el algospeak, un dialecto nacido en redes sociales para esquivar algoritmos de moderación: “seggs” por sexo, cosas como “v1olación” o incluso “lebanesa” para lesbiana. Cada día cambia, mezclando autocensura, ironía y creatividad adolescente. Hablar raro para que las máquinas no lo pillen (ni los adultos, six-seven).
Es ingenuo porque creer que la sustitución de una letra por un número basta para despistar a los algoritmos y que no nos sepulten el vídeo. Cualquier sistema de inteligencia artificial reconoce sin problema que “s3xo” significa sexo igual que entendemos “ola k ase”. Pero el algospeak no solo busca engañar a la máquina: como otros criptolectos o jergas también señala al grupo, crea complicidad y transmite la precaución de habitar un espacio vigilado. Ahora se escribe y habla en clave para no ser señalado en las plataformas.
Y quizá ahí esté lo más inquietante. No tanto que los jóvenes inventen códigos (eso ha ocurrido siempre) como que aceptemos dócilmente las reglas absurdas de empresas privadas que convierten palabras corrientes en términos sospechosos. En vez de cuestionar que las redes penalicen escribir “suicidio” o “violencia machista” acabamos adaptándonos y haciendo gratis el trabajo de la plataforma: censurar nuestro propio lenguaje para no inquietar al algoritmo. Las compañías ganan siempre: seguimos en ellas y nos autocensuramos. Tal vez el verdadero triunfo de esta moda no sea engañar a las máquinas, sino haber conseguido que millones de personas bajen la cabeza y acepten hablar raro para poder seguir dentro del sistema.