En los últimos años se ha popularizado una expresión tan llamativa como vacía: los facha pobres. Con ella se pretende reducir la complejidad política a una caricatura: si alguien con pocos recursos económicos defiende posiciones conservadoras, se concluye que actúa contra sus propios intereses. La etiqueta funciona como un dardo, no como un análisis.

Pero esta simplificación es interesada. Parte de la idea de que la política es únicamente un pulso entre ricos que buscan conservar sus privilegios y pobres que aspiran a arrebatárselos. Y no es así. Ni los conservadores son conservadores solo por su nivel de renta, ni los progresistas lo son por su cuenta bancaria. Las convicciones políticas -todas- nacen de valores, identidades, miedos, aspiraciones y relatos colectivos que van mucho más allá del bolsillo.

La lucha de clases, sin embargo, sí ofrece un marco útil para entender algo que rara vez se dice en voz alta: las desigualdades no se sostienen solas. Requieren estructuras, discursos y mecanismos que mantengan a cada cual en su sitio. Y en ese sentido, la lucha de clases no es un invento ideológico, sino la descripción de un conflicto real: el que se da entre quienes buscan perpetuar un statu quo que les favorece y quienes intentan emanciparse de él. El objetivo de esa lucha no es invertir la pirámide social ni sustituir a unas élites por otras. Es algo más sencillo y más justo: lograr un reparto de la riqueza que permita que los pobres sean cada vez menos pobres, aunque eso implique que los ricos sean cada vez menos ricos. No se trata de empobrecer a nadie, sino de impedir que la acumulación desmedida de unos pocos condene a la precariedad permanente a muchos otros. Por eso, reducir el debate a etiquetas como facha pobre o progre rico no solo es intelectualmente pobre; también es políticamente funcional. Sirve para desactivar la conversación sobre desigualdad, especialmente a aquellos que crecen en entornos marcados por una alta desigualdad y tienden a percibirla como algo normal. Con el tiempo, la exposición a ese orden termina por moldear lo que consideran justo.

La política es compleja, sí. Pero la desigualdad es tozuda. Y mientras sigamos discutiendo en términos de caricaturas, quienes más pierden serán siempre los mismos.