La democracia rara vez se derrumba de golpe. Se erosiona lentamente, a menudo desde el interior, cuando quienes alcanzan el poder deciden utilizar sus mecanismos para debilitarlos. Ese es uno de los desafíos más inquietantes de esta época: líderes que, envueltos en la retórica de la legitimidad, laminan los contrapesos que garantizan la libertad colectiva. El caso de Donald Trump, ampliamente documentado por organismos independientes, es uno de los ejemplos más visibles de esta deriva. Los hechos son verificables. El Brennan Center for Justice alertó en agosto de 2025 de que la Administración Trump, que acaba de cumplir un año desde su regreso a la Casa Blanca, había lanzado “una campaña concertada para socavar las elecciones estadounidenses”, con actuaciones “sin precedentes e incluso ilegales”.
El informe detalla cómo el propio gobierno federal –llamado a proteger la integridad del voto– se convirtió en un actor que interfería en el proceso electoral. La cronología actualizada en enero de 2026 es aún más explícita: desde el primer día de su segundo mandato, la Administración intentó reescribir reglas electorales para “cargar el proceso contra los votantes”, presionó a funcionarios encargados de certificar resultados y retiró al gobierno federal de su papel de protección del proceso electoral. A ello se suma lo revelado por un informe del Brennan Center sobre acciones que incluían “ataques afirmativos contra instituciones democráticas” y la eliminación de protecciones para el electorado, en un contexto marcado por el perdón masivo a implicados en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. No son solo análisis jurídicos. Son señales de alarma.
Expertos en ciencia política llevan años advirtiendo de que la erosión democrática suele avanzar disfrazada de normalidad. La interferencia en organismos electorales, la intimidación institucional –el caso del presunto lawfare en el Estado español es paradigmático– y la difusión de afirmaciones desacreditadas sobre fraude forman parte de un patrón que debilita la confianza pública y polariza a la sociedad. La lección trasciende fronteras. La democracia puede ser utilizada como herramienta para socavarse a sí misma. Por eso exige vigilancia, memoria y una ciudadanía capaz de distinguir entre la crítica legítima y la demolición institucional. Porque cuando la democracia se debilita, lo hace para todos.