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Catalina de Foix y la UE: la política del balancín

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A principios del siglo XVI, Catalina de Foix, reina de Navarra, estableció una política internacional que consistía en equilibrar su acción entre las dos grandes potencias del momento: España y Francia. Esta estrategia se completó con alianzas con el emperador del Sacro Imperio Germánico y con el Vaticano, basando su estrategia en la diplomacia y la creencia de que un rey cristiano no arrebataba el trono a otro, pues no lo permitía la ley.

Internamente, el poder de Catalina presentaba, entre otros, un rasgo fundamental: gobernaba una extensa y diversa red de territorios a ambos lados del Pirineo. Así pues, teóricamente, Catalina era una reina poderosa. No obstante, sus territorios no eran homogéneos: algunos estaban bajo su soberanía directa, como Navarra, Bearne y Andorra, y otros eran dependientes de los reyes de Francia y España, pero bajo su control efectivo; una suerte de presidenta de comunidad autónoma actual, si se me permite el anacronismo, para hacernos una idea. Además, dichos territorios estaban separados entre sí y carecían de una coordinación efectiva. En consecuencia, Catalina no disponía de los recursos necesarios ni la organización para establecer una defensa efectiva de sus dominios.

Si el marco interno no era ideal, tampoco lo era el externo. La Europa de comienzos del siglo XVI atravesaba un profundo proceso de cambio al transitar de la Edad Media a la Edad Moderna. Una transformación que dio paso a un mundo en el que la nobleza cedía poder a los reyes absolutos –no sin provocar cruentas guerras civiles–, en el que los cambios culturales avanzaban con el Renacimiento y en el que las nuevas tecnologías ampliaban fronteras y modos de difusión de ideas, como la imprenta o las nuevas naves que permitieron cruzar el Atlántico. En este contexto tan inestable, para los países pequeños era vital establecer alianzas sólidas, pues se creía que era la defensa más eficaz en una época en la que la espada estaba redefiniendo las fronteras de los Estados modernos, y estos siempre querían más.

No todos consiguieron sobrevivir. Navarra fue uno de los que no lo logró. En 1512, Fernando el Católico decidió que Navarra le pertenecía, iniciando una guerra de conquista que se prolongó casi veinte años y que terminó con el reino dividido y desaparecido de la escena internacional. Por desgracia, los tratados de alianza firmados no fueron defensa suficiente, ya que en aquellos años dichos acuerdos solían durar lo que tardaba en secarse la tinta con la que se habían escrito: un suspiro.

Hoy, quinientos años después, la humanidad vuelve a afrontar un cambio de civilización. La revolución digital está provocando profundas transformaciones socioculturales, religiosas y, cómo no, políticas, en un contexto en el que valores como la democracia pierden su sentido por no atender las necesidades más básicas, y tratados y alianzas estratégicas desaparecen con rapidez. En este escenario, las dos potencias que pugnan por la primacía mundial son Estados Unidos y China, utilizando a sus aliados en ese empeño. En el teatro europeo, Rusia –con un producto interior bruto algo menor que el de Italia– actúa como aliada de China, mientras que la Unión Europea lo hace de Estados Unidos, país al que tiene subcontratada su defensa, ignorando en gran medida su propia fuerza.

La actitud del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está alterando de forma sustancial las reglas del juego establecidas tras la Segunda Guerra Mundial, sustituyéndolas por una lógica de ley del más fuerte. Este giro no es casual si se atiende a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional publicada recientemente, muy hostil hacia la Unión Europea, a la que se prefiere fragmentada y fácil de manejar. “Divide et impera”, como decían los romanos.

Las amenazas de anexión de Groenlandia y la imposición de aranceles arbitrarios a la Unión Europea por no plegarse a los intereses del presidente estadounidense han hecho saltar todas las alarmas en el seno de la UE y entre cualquier ciudadano que no desee convertirse en vasallo de Estados Unidos. Este es el cambio sustancial de la política estadounidense respecto a Europa: ya no caben alianzas ni dependencias asimétricas, solo el vasallaje puro y duro. Si a este viraje se le suma la invasión rusa de Ucrania, que amenaza el flanco oriental europeo desde febrero de 2022, el panorama resulta realmente preocupante. Europa queda atrapada en una tenaza formada por dos mandatarios imperialistas que pretenden hacer a sus naciones grandes de nuevo a costa de otros. No sé si la historia se repite, pero desde luego rima. El ansia de poder y control es transversal a cualquier época del ser humano, se llame Fernando, Donald o Vladimir. Y, como siempre ocurre en épocas de cambio, es cuando surgen los monstruos, que diría Gramsci.

La Unión Europea, a diferencia de Catalina, sí tiene mínimamente articulado su enorme y heterogéneo territorio. Gracias a ello existen, por ejemplo, la libertad de circulación de personas y mercancías, así como mecanismos anticoerción frente a amenazas como las ya materializadas por parte de Estados Unidos o las sanciones impuestas a Rusia. En materia de seguridad es donde sus ingentes recursos aparecen más dispersos, pues la herramienta que los coordina, la OTAN, no atraviesa su mejor momento, a la vista de la actitud del presidente Trump.

Es aquí donde, a mi juicio, la Unión Europea puede tener éxito allí donde Catalina no lo tuvo, convirtiéndose en un bloque en sí mismo cuyo pilar fundamental sea la democracia. Un bloque capaz de utilizar de forma efectiva una política de equilibrio entre los dos gigantes, en función de sus propios intereses y principios. En las actuales circunstancias, es razonable pensar que un acercamiento a China como ha hecho Canadá, puede ser muy útil para parar la guerra en el este, mientras se gana tiempo y respeto, en el oeste.

No obstante, no debemos ser ingenuos: sin una fuerza militar propia que sustente esa política, todo quedará en palabras vacías y papel mojado, lo que favorecerá a quienes desean el fracaso del proyecto europeo sometiendo cada una de sus partes al vasallaje oriental o anglosajón. El tiempo del “profundamente preocupados” –deeply concerned en inglés– que ha caracterizado las comunicaciones de las instituciones europeas ante flagrantes violaciones del derecho internacional ya ha pasado; los europeos exigimos hechos en el camino hacia la federalización de la Unión Europea.

Esta es la dicotomía a la que nos enfrentaremos los ciudadanos europeos ante el nuevo ciclo electoral que se abre este año, y que tiene su primer hito importante el 12 de abril en la Hungría de Orban. En este contexto, aquellos agramonteses y beamonteses –usando la terminología de la época de Catalina– que hemos sido enemigos irreconciliables hasta la fecha, debemos articular políticas y discursos básicos que arrinconen los extremos, construyendo una nueva centralidad con la Europa federal como objetivo y con una base democrática sustentada en el respeto al individuo, dentro de una colectividad que lo protege y a la que sirve.

La historia de nuestro país nos ha enseñado que, siempre que se ha producido un cambio como el que estamos viviendo, hemos perdido mucho. Esta vez no será una excepción si no se actúa unidos sobre la base de unas cuestiones comunes fundamentales. Mi irredento optimismo me dice que lo conseguiremos, pero ese éxito será fruto de un trabajo intenso y de cesiones por parte de todos en aras de un bien mayor.

No queda otra.

El autor es escritor