Osasuna ha rescatado un punto en el tiempo de descuento, en el minuto 92 por mediación de Boyomo, y el empate logrado en el campo del Mallorca le sabe a triunfo. No tanto por la trascendencia clasificatoria, que poco va a ser, sino por la emocional, el botín obtenido por el equipo de Lisci resulta muy importante, porque ha habido capacidad de reacción e inconformismo en los minutos finales, y esa ha sido una rebeldía que se ha echado de menos en otros encuentros y que ante el Mallorca, quizás, ha salido a relucir espoleada por la necesidad. 

Osasuna estuvo tumbado en la lona y virtualmente derrotado, pero fue capaz de igualar dos goles en contra tras haber sido noqueado con demasiada facilidad. Pero en esta ocasión, en la recta final del encuentro los rojillos enseñaron por fin una actitud inconformista seria y no tiraron a toalla desde el rincón. Los cambios le respondieron al entrenador y, con todos los recursos ofensivos metidos en la faena, le hizo daño al Mallorca, que había logrado una renta de dos goles en menos de cinco minutos.

Osasuna logró su segundo punto de la temporada fuera de casa -dos de 24 posibles es un minúsculo porcentaje y un similar nivel de rendimiento como visitahte- y, porque fue después de igualar dos goles en contra -los dos lanzamientos entre los tres palos de los rojillos tuvieron premio-, la conclusión se debe considerar como feliz. Con una dicha inmesa si se mira el crono y se confirma que el gol del empate llegó en el tiempo añadido -en el minuto 92- y que fue un central, Boyomo, quien se erigió en goleador en una de esas expediciones que hacen los defensas al área contraria especialmente cuando aprieta la desesperación.

Orden en el partido

Entre la angustia y la satisfacción, los dos equipos fabricaron un partido indigesto en el que demostraron que los problemas crecen y la necesidad aprieta al ritmo de que la temporada avanza y no salen las cosas. Osasuna y Mallorca no cometieron excesos en la primera parte y no quisieron perder el sitio, es decir, el orden fue la consigna. Las defensas fueron el asunto dominante y, entre que los delanteros estuvieron sometidos por sus rivales y que el juego de ataque fue costoso, casi no hubo oportunidades. Solo un remate entre los tres palos, obra de Valjent en el minuto 45, fue la anotación del primer tiempo relacionada con el gol, o con intentarlo.

Osasuna no regresó mal del paso por los vestuarios, pese a que Darder probó a Sergio Herrera en una nueva ocasión. Pero la inagotable versión de un equipo al que le hacen daño con poco apareció. A Boyomo le asignaron un penalti por derribo a Virgili en una de esas jugadas en las que el nuevo fútbol recomienda a los defensa la amputación de los brazos. En el inicio de la acción, en el lance inmediatamente anterior, un ippon de Samu sobre Aimar Oroz, una falta mucho mayor, no tuvo ni consideración.

A Osasuna le sentó fatal el gol de penalti de Muriqi y mucho peor el segundo tanto del kosovar, producto de los fallos en cadena de un equipo que hizo mal la presión hacia adelante y permitió la carrera del ariete en soledad desde el centro del campo. Sin que hubiese pasado nada, al equipo de Lisci le estaban sentenciado.

Si en otros encuentros se había fomentado el desorden, frente al Mallorca los cambios le sentaron bien, también la recomposición del sistema y la asunción de los riesgos. Osasuna tenía el boletín de calificaciones en blanco, a cero, cuando Raúl García marcó de falta desde el borde del área. Fue una acción desconcertante para la defensa y el portero el toque de la pelota anterior de Rubén García, pero un cien por cien de efectividad entre los tres palos... en el minuto 82. 

Osasuna se lanzó a la desesperada, el Mallorca no asimiló en absoluto la incomodidad que le proponían los rojillos y el gol del empate de Boyomo fue el premio de un equipo que por fin expuso fe. Y la fe mueve montañas.