El empate de Osasuna en Mallorca dejó un sabor placentero, un regusto alegre que debería de servir como punto de inflexión para un equipo que necesitaba un poco de épica para despertar y comenzar a desarrollar su juego.
Un equipo que llevaba hora y media dejando dudas se transformó en diez minutos en uno que no entiende de claudicar. El primer gol, de Raúl García de Haro en otra jugada de estrategia, fue un soplo de vida; el segundo, como quitarse una losa bastante pesada de encima. Hasta Lisci, excesivamente comedido en la muestra de sus emociones, explotó de alegría en la banda. Boyomo parece que tiene algún tipo de inquina contra el Mallorca ya que volvió a marcar sobre la bocina en el campo de los bermellones.
Y eso que el árbitro, el ínclito Gil Manzano, decidió que un toquecito en el área era penalti… pero no miró a quien realmente recibió la falta. Virgili, que fue un dolor de cabeza todo el partido, se llevó un regalo inexistente mientras Aimar Oroz era atropellado por Samu Costa sin que a nadie pareciera importarle justo en la acción anterior. El VAR debía de estar recogiendo el pedido de comida, que eran horas muy malas. Penalti injusto y gol en contra: menú completo.
Pocos minutos después, de otra jugada donde tampoco había mucha chicha, Muriqi supo generarse él solito el segundo gol. Osasuna estaba en la lona.
Pero entonces Lisci tiró de lo que mejor le está saliendo, las jugadas ensayadas. Una falta que parecía para Rubén, acabó siendo para Raúl. El portero vio en primera fila el primer gol y para Osasuna fue como un balón de oxígeno cuando el ahogamiento ya era serio.
El Mallorca, por su parte, entró en ese pánico silencioso de quien ve cómo el partido se escurre sin saber exactamente por dónde. Si el partido dura diez minutos más, igual hasta protestan que se reanude otro día, por si el VAR decide hacer horas extra y explicar el penalti fantasma o lo que viera el linier cuando trató de anular la chilena de Boyomo por estar en fuera de juego, pese a que estaba un metro habilitado. Cosas de la liga de Tebas.
Al fin y al cabo, empate de los que hacen grupo. De los que maquillan errores, sí, pero también de las que te recuerdan por qué este equipo puede enganchar incluso cuando desespera. En Mallorca tocaba desespero y acabó sabiendo a gloria. Ahora que sirva para que sea un punto de inflexión y en un futuro se recuerde como el día que Lisci salvó una final y luego llevó al equipo a las mejores cotas.