Mendizorrotza dictó una sentencia conocida. Osasuna sabe competir, pero le cuesta horrores gobernar. El empate ante el Alavés dejó un sabor agridulce, el de un equipo que golpea de salida por pura inercia de talento y que luego se desdibuja entre el músculo y la falta de jerarquía con el cuero. Y luego el show de Soto Grado en el césped y Melero en VAR. Que les compren quien les entiendan. Todo ello bajo una atmósfera de derbi total porque, por momentos, el feudo albiazul pareció El Sadar ante el desembarco masivo de una afición rojilla que volvió a demostrar que no entiende de distancias ni de horarios.

La tarde arrancó con la firma de un futbolista que está de dulce. Kike Barja no pide paso, lo tira abajo directamente. Su asistencia para abrir el marcador, la tercera en apenas cuatro envites, fue un ejercicio de fortuna y fe. De esas que te salen cuando tienes la flecha para arriba. Nada más empezar, el extremo volvió a demostrar su capacidad de desequilibrio y Rosier se estrenó como rojillo. Fue el chispazo necesario pero insuficiente para apagar el incendio que vendría después.

El análisis del centro del campo rojillo obliga a detenerse en la figura de Lucas Torró. Es una moneda de dos caras. Es indudable que el alicantino es un seguro de vida en el cuerpo a cuerpo. Gana duelos, barre balones y ofrece un despliegue físico que sostiene el bloque. Sin embargo, la estadística defensiva esconde una realidad incómoda. Osasuna pierde demasiada fluidez cuando el balón pasa mucho tiempo por sus botas. El peaje de ganar en intensidad es la pérdida de posesiones evitables que impiden al equipo respirar y dormir el partido cuando el marcador está a favor.

El gol del empate del Alavés no fue un accidente sino una sucesión de errores que penalizan en Primera. La jugada dejó retratados varios errores recurrentes del sistema defensivo en momentos críticos. Catena, fuera de sitio, perdió la espalda con una facilidad impropia de su jerarquía y permitió el espacio necesario para el remate. Por su parte, Sergio Herrera volvió a mostrarse excesivamente conservador bajo palos. En balones así el guardameta debe ser el dueño, y su falta de salida terminó por condenar la jugada.

Y después los penaltis. Budimir adelantó a Osasuna por uno que le hicieron a Víctor Muñoz. Minutos después, Boyé remató y después Catena impacta sobre él. Pero mucho después. ¿Eso no era residual? ¿No? Si la jugada esa le cae al Barcelona o al Madrid llena tertulias.

Al final un punto que sirve para sumar, pero que deja deberes pendientes en la libreta. Si Osasuna quiere aspirar a algo más que la solvencia, necesita que su seguridad defensiva no dependa solo de ganar duelos, sino de no regalar el balón y de que sus hombres clave en la retaguardia recuperen la contundencia necesaria. Lo del CTA ya se da por perdido.

P.D. Por cierto, cabe preguntarse qué habrá sentido, si es que lo ha hecho, algún alto ejecutivo rojillo al ver a su equipo masculino hacer el pasillo a varias jugadoras navarras que han logrado lo que no pudieron en Osasuna mientras un estadio entero las ovacionaba. Parece una quimera pensar eso en El Sadar ahora mismo. Por lo que sea.