“Hemos visto vidas rotas por el bullying”
Los agentes de Policía Foral José Mari Movilla y Óscar Azparren hablan acerca del acoso y el ciberacoso
El bullying es una lacra que afecta a los jóvenes durante su etapa escolar, pero que puede dejar secuelas que los persigan mucho más allá. José María Movilla y Óscar Azparren son dos agentes de Policía Foral que han visto de cerca cómo el acoso escolarha destrozado la vida de multitud de niños y niñas; una problemática que, lejos de desaparecer, se está agravando por culpa de las redes sociales y de la popularización de laInteligencia Artificial, a través de un fenómeno denominado ciberbullying. Durante la segunda de las charlas de la Semana del Patrón de Policía Foral, que tuvo lugar el pasado miércoles 25 de febrero, Movilla –que trabaja investigando delitos informáticos como estafas, grooming o pornografía infantil– compartió que, precisamente, el día anterior, se había cerrado un caso de ciberacosoen el que quince jóvenes fueron investigadosy que le provocó a la víctima dos intentos autolíticos.
Relacionadas
En esta ocasión, explicó el agente, los chavales acosaron a la víctima a través de NGL, una aplicación que les hacía creer “que actuaban desde un anonimato absoluto que cubriría toda la ira que estaban descargando sobre ella”. Nada más lejos de la realidad, los investigadores contactaron con la plataforma y esta les ayudó aidentificar a los acosadores. Mientras tanto, planteaba Movilla, “¿qué habría pasado si se hubiera dado un tercer intento autolítico? No podemos lamentarnos después, cuando este tema abre portadas, sino que hay que actuar ahora, en los colegios”. Esta nueva forma de acoso, añadió el policía, “está haciendo que el bullying no termine una vez los chavales hayan abandonado el colegio. Ya ni siquiera sus hogares son lugares seguros”. Al mismo tiempo, subrayó, “no hay que olvidarse de que difundir una imagen manipuladadonde un menor de 14 años aparece desnudo ya se considera un delito de pornografía infantil”.
El desinterés de los colegios
Óscar Azparren, que trabaja en el grupo de protección y atención ciudadana de Altsasu, aprovechó la charla para concienciar a la población contando su propia experiencia. En 2001, cuando comenzaba 2º de Primaria, acudir al colegio se convirtió en una pesadilla para él. “Sufrí acoso escolar, en uncentro público de Pamplona, a nivel tanto físico como psicológico. Recibí palizas hasta que mi cuerpo no aguantaba más y escuché infinidad de burlas e insultos hacia mí y hacia mis padres”, contaba. Aunque se culpa a sí mismo de no haber alzado la voz, lo cierto es que el colegio jamás se interesó en identificar el problema y buscar una solución.
“Conchita, una empleada del comedor, fue la única que me intentó ayudar, aunque ella tampoco podía hacer demasiado”, relató. El personal docente, mientras tanto, no hizo nada por proteger la infancia de Azparren. En este sentido, coincidían ambos agentes, “el mejor colegio no es el que presume de no tener ningún caso de bullying, sino el que ha sabido identificarlo y atajarlo”. Bajo el punto de vista de Movilla, la solución podría estar en ofrecer a los alumnos “desde muy pequeños, una asignatura específica donde se hable de todo esto, ya que las charlas que damos nosotros no son suficientes, el efecto dura solo unos días”. En esta línea, agregó Azparren, “solo observando cómo reaccionan los niños a estas charlas se pueden identificar casos de bullying y se puede conocer quién ejerce cada papel. Las víctimas suelen agachar la cabeza, los agresores están inquietos y preguntan mucho, y los testigos tienden a mirarse entre ellos”.
Estos alumnos que ven cómo un compañero es acosado y no intervienen o apoyan con su risa las agresiones están contribuyendo con el sufrimiento de la víctima. De hecho, admitió Azparren, “después de tantos años, lo que más me duele es recordar cómo los cómplices se reían de que me pegasen o de que se metieran conmigo o con mi familia”. Bajo su punto de vista, “estas personas quizás podrían considerarse más agresoras, incluso, que quienes me dieron aquella paliza hasta perder el conocimiento”. Mientras, la solución que, generalmente, adoptan los colegios no es mucho más justa. Así, criticó Movilla, “siempre hacen lo mismo. Cambian de centro a la víctima porque es más sencillo movilizar a un estudiante que a quince agresores cuando, en realidad, con las redes sociales, el problema les va perseguir vayan donde vayan, si no se gestiona debidamente”.
Señales de alerta para los padres
“Mi madre enseguida notó que había perdido el brillo en los ojos”, recordó Azparren con tristeza. Cuando un niño o una niña sufre acoso escolar, existen una serie de señales que pueden ayudar a los padres a identificar que algo está ocurriendo. Tal y como detallaron los agentes, las víctimas no solo pierden la ilusión y se apagan, sino que hacen cosas más concretas: dejan de ir a algunas extraescolares, se peinan o se visten distinto, pasan mucho tiempo encerrados en su cuarto o pendientes del móvil y, sobre todo, los domingos, muestran signos de no querer ir al colegio. “Algunos dicen sentirse enfermos”, especificó Movilla.
Sin embargo, saber identificar cuándo un hijo está adoptando el papel de agresor es quizás más importante que reconocer que está siendo víctima de bullying. “Al igual que un padre percibe que su hijo está sufriendo, también puede saber cuándo es agresor”, apuntó Azparren, y “cuando se les da un toque de atención, muchos niegan convencidos que su hijo sea capaz de hacer eso, creando un muro que complica destapar el acoso”. Del mismo modo que ningún padre quiere tener un hijo que sea una víctima, “tampoco deberían mostrarse indiferentes ante la posibilidad de que sea agresor”, expuso, ya que, además, muchos de ellos son violentos y crueles porque “también están sufriendo algo en silencio”.
Además, quiso recordar Movilla, aunque los niños menores de 14 años sean inimputables, cuando cometen un delito de acoso escolar, alguien tiene que pagar las consecuencias. “No tienen responsabilidad penal, pero sí civil”, aclaró. Por lo tanto, a los acosadores “se les suelen asignar trabajos comunitarios que tienen que llevar a cabo los fines de semana”, mientras que los padres tienen que abonar el importe de las sanciones económicas, así como costearse “los gastos de los juicios que se lleven a cabo”.
Presión a las instituciones
Cuando un niño acude a denunciar un caso de bullying “se me cae el alma al suelo”, reconocía Azparren. “Un chaval de 11 años, un sábado por la tarde, debería estar jugando en el parque y no presentando pruebas en comisaría porque está sufriendo acoso”, criticó. Por eso, remarcó Movilla, “Educación y Salud tienen que ponerse ya las pilas”, porque, además de que las víctimas reciben soluciones inservibles y contraproducentes, “no tienen a su disposición un acompañamiento psicológico que les ayude a recuperar la autoestima que han perdido”.
Finalmente, Azparren quiso animar a las víctimas a alzar la voz. “Yo intentaba gestionarlo solo en casa para no preocupar a nadie. Parece que los padres tienen un hijo para que encaje y sentía que, si se enteraban de que yo no lo hacía, les provocaría tristeza y decepción. Intentaba no exteriorizarlo para convencerme a mí mismo de que no era un problema real, pero claro que lo era”.
Temas
Más en Sociedad
-
Navarra concluye la redacción de la Orden Foral para implementar la ‘Ley ELA’: los afectados podrán cobrar hasta 9.500 euros al mes
-
Anthropic lleva al Pentagono a los tribunales
-
61.477 pacientes siguen esperando una primera consulta en Navarra y 14.685 en Traumatología
-
La Universidad de Navarra lanza un doble grado en Filosofía y Teología