Las montañas del Cáucaso son el escenario para comenzar un mes de etapas hasta Samarcanda. Por delante tenemos un día muy exigente, los temores de temporal se evaporan y el tiempo nos regala la temperatura ideal para afrontar las ascensiones. Vamos al encuentro del río Enguri con el que viajamos desde Zugdidi y que seguiremos valle arriba. La calzada ascendente castigada por inviernos crudos, no da tregua, poco a poco se abre conforme ganamos altitud y nos deja en Usghulli, un pueblo remoto con decenas de torres medievales a los pies del glaciar del monte Shjara, que confieren al lugar un escenario de novela. Superamos el Zagari pass a 2.610msnm y mayor paso hasta la fecha. Las nubes nos privan de un paisaje único, pero el placer de conquistarlo nos lo llevamos valle abajo. Esa noche dormimos en una de las cuatro casas habitadas de Tsana, un pueblo casi abandonado. Una familia humilde nos ofrece dos camas para pasar la noche y compartimos conversación con ellos al calor de una estufa de leña donde cocinan nuestra cena. Su decepción con Europa es evidente y se sienten abandonados, no quieren que borren su identidad, sólo quieren que les dejen en paz.

De camino a Kutaisi conocemos a dos alemanes que viajan en furgoneta desde hace meses. Nuestro viaje les conmueve hasta el punto de dejarnos pintar en una de las puertas el logo de la ong y dejar un mensaje para el mundo. En un viaje tan largo, el mundo se hace pequeño, por un camino estrecho, la ventanilla de una furgoneta se baja y asoman Javier y Ana, un encuentro fortuito que depara en horas de conversación a la sombra de un árbol, nos falta aire para contarnos la vida y tiempo para compartir. Esas horas suponen una batería extra para subir a Bakuriani y afrontar otro paso a 2.500msnm por caminos. En el alto una estación de policía en mitad de la nada nos robará más tiempo del necesario para chequear los pasaportes. Desde la cima, la inmensidad, paisaje seco, campamentos de ganaderos azeríes y armenios que viven como nómadas. Parece otro mundo.

La entrada en Armenia supone el kilómetro 4.000 del viaje. Tenemos la sensación de retroceder en el tiempo, los coches tienen decenas de años, las casas en algunos casos parecen abandonadas, los rostros cargan con el peso del campo y las miradas, aunque amables, son calladas, cercanas a la tristeza. El verde desaparece y el agosto cae de golpe sobre el paisaje secando todo. La primera etapa nos ofrece vientos huracanados, caminos de tierra y un paso que sobre el mapa era un entorno mágico, pero la realidad es una pesadilla de dos horas empujando 50kg de bici que nos deja exhaustos. Esa noche dormimos en los sofás de un colegio y conversamos con el vigilante sobre un mundo que está enfermo en la región de los derechos humanos. Desde que cruzamos de Turquía las historias de la gente son de guerra, de genocidio, de familias separadas, de hastío. Son cicatrices abiertas, recientes, que merecen ser escuchadas. Nuestra estancia en Armenia es corta y nos arriesgamos a no sacar dinero, ya que llevamos provisiones y la idea es acampar. En una de las etapas hablamos de tomar café, en ese momento un señor nos hace señas desde el otro lado de la calle, “¿cofi?”, nos lee la mente. Le decimos que no tenemos dinero, no le importa. Bajo un toldo rojo, cara curtida, dos cejas con personalidad, un cigarro en la boca y una sonrisa sincera, nos prepara al modo turco dos cafés y nos saca sandía y galletas. Compartimos con él, Bartanak, un momento de silencio por la barrera idiomática, pero lleno de significado.

Otoqul, Gulnora, Farangiz y Mahliyo, familia de Kairma, en Uzbekistán. Redacción DNN

Antes de salir de Armenia dormimos en un pueblo fronterizo, Voskepar, dos jóvenes locales nos muestran un lugar para acampar. Decenas de chicos, ninguna chica, saltan a unas pozas naturales, su vitalidad es demasiado sonora y necesitamos descanso, nos alejamos a un lugar más tranquilo donde no sabemos por qué, no hay nadie. El motivo es que es suelo azerbaiyano y lo descubrimos al tratar de ubicarnos en el mapa para preparar la etapa. Con lo que al día siguiente pisamos tres países para regresar a Georgia. Durante la etapa pasamos por decenas de puestos que venden tomates, pero la brújula nos detiene en el de Amina, una mujer azerbaiyana que vende frente a su casa. Esa mujer nos adopta en el primer segundo, nos hace pasar a la sombra de su casa y nos ofrece agua fría, sin opción a negarnos saca dos platos de albóndigas y nos señala los sofás de un cuarto en la planta baja. Pasamos la tarde con ella, la acompañamos a comprar y nos pasea con orgullo por el vecindario: “turist, turist”. La forma como nos mira, nos habla y nos cuida es una proyección de nuestras abuelas en la distancia.

Para llegar a Tiflis escogemos un camino de tierra que nos supone mucho esfuerzo pero nos evita circular por una autovía sin arcén. Sudando, empujando la bici por un trazado de piedras y polvo parece que llegaremos a un poblado africano. Desde el alto y ya en asfalto, bajamos a una ciudad cortada por el río Kurá y que desde sus orillas se extiende como una enfermedad por las colinas. Tiflis es monumental, es historia y en ella acaba la etapa Euroasiática. El paso oficial por frontera terrestre a Azerbaiyán está cerrado y nos obliga a sobrevolar el mar Caspio. En la capital, Mariami, una chica alegre, vital y dueña de una tienda de bicis, nos ayuda a empaquetar todo y nos transporta al aeropuerto, su ayuda es fundamental para recibir piezas en su tienda que necesitamos.

Dejar las bicis en un rincón del aeropuerto y confiar que al llegar a Aktau estén ahí, es un salto al abismo. A las 4:00 de la noche nuestras bolsas salen por la cinta y las bicis esperan en una esquina, estamos todos. Subimos a un taxi compartiendo asientos con el equipaje y las bicis sobresaliendo de un maletero abierto. Aktau es una ciudad con setenta años de antigüedad, fundada por los importantes yacimientos de gas, petróleo y uranio de la zona. Calles anchas, edificios altos, luminosa y bañada por el Caspio donde nos damos un remojón. En ella arreglamos las bicis e iniciamos Los Stanes. Para salir, nos acompañan kilómetros de tuberías y conducciones de gas hacia los puertos de la zona. Nos adentramos en un desierto de rectas interminables y donde las vacas dan paso a camellos que pastan las pocas hierbas que sobreviven al clima. De camino a Shetpe dormimos en una casa en construcción con el ronquido de los camellos de fondo. Para llegar a la estación nos abastecemos bien de agua y de comida, sólo tres pueblos en 170km.

La frontera con Uzbekistán está cerrada por obras y sólo podemos cruzar en tren. Viajar en tren tiene un halo romántico, de misterio y de novela de viajes, salvo si lo haces en bici y tienes que negociar con el revisor para que te deje llevar dos bicis entre vagón y vagón. Mientras Sheila desafía la física metiendo doce bolsos en el compartimento donde viajan otras dos personas, yo encajo dos bicis con el beneplácito de un señor calvo, sonriente, y con una camisa sudada por las altas temperaturas. El primer trayecto nos deja a las 23:00 de la noche en Beyneu, estación desde la que parten los trenes a Uzbekistán. Al llegar, el andén es un hervidero de puestos de comida, tiendecitas, pasajeros con cientos de bultos que suben y bajan de los vagones. Nuestro tren sale a las 4:00 de la madrugada y no queda otra que tumbarse en el suelo y sobrevivir a los mosquitos hasta que las vías tiemblan y un tren azul donde pone Mangistau, ocupa todo el largo de la estación. La gente comienza a moverse, es un caos de bultos y personas, parece una frontera de contrabando. Las prisas no son necesarias, varios militares se reparten por los vagones y ocupan uno de los compartimentos donde sellan los pasaportes. Todos los pasajeros que han echado para hacer los trámites acaban en el nuestro y durante ese rato, parecemos el camarote de los hermanos Marx. Dos horas más tarde salimos hacia la frontera, caemos de puro cansancio y sin tiempo para llegar a la fase rem, el revisor nos despierta, son las 6:00 de la mañana y toca el mismo protocolo, pero con la policía uzbeca. Superamos el trámite a cambio de tener que romper el dron. No vale de nada lamentarse, queda mucho proyecto y la indignación se pierde con el traqueteo. Diez horas de una llanura desértica que sobrecoge de mirarla. A las veinticuatro horas de haber tomado el primer tren bajamos en Nukus, estamos felices.

Uzbekistán es un país con un 80% del territorio desértico y estepario, nuestra ruta sigue los ríos que significan la barrera entre la vida y la muerte. Uzbekistán es historia, ciudades con dos mil años de antigüedad, Jiva, Bujara, Samarcanda, centros culturales y puntos estratégicos de la ruta de la seda. Las madrasas (escuelas coránicas), las mezquitas con sus cúpulas turquesa, se mezclan con los edificios actuales. Pedaleamos por carreteras secundarias que parecen alfombras mal tiradas, arrugadas en los bordes, con agujeros y grietas, sin arcén y mucho tráfico, con lo que mucha parte del tiempo nuestros ojos se olvidan de fijar el paisaje y sólo miramos el asfalto. Casi todos los coches son Chevrolet, la reina es una furgoneta de juguete que es la dueña de la carretera. Se detienen a cada rato para subir y bajar gente que espera en el arcén. Los arcenes son vida, puestos de fruta, hornos de adobe donde cocinan las somsas (empanadas de carne) o el pan, gente caminando y muchos en bici, meses sin verlas y aquí las hemos visto todas. Con lo que saludamos todo el tiempo y nos devuelven sonrisas más grandes que el rostro. Los coches quieren su ración de saludo y pitan, sacan los brazos por la ventanilla. La comida es sabrosa y barata, el palov (plato de arroz con verduras y carne), shashlik (pinchos de carne), Barak (sopas), todo es delicioso. Comemos en plataformas elevadas donde te descalzas y comes sentado sobre cojines. Uzbekistán es generosidad, todos los días alguien nos ha regalado bebida o comida, incluso es el primero de todos los países que al contarles el proyecto nos han dado dinero para apoyarlo. Uzbekistán es todo eso, pero sobre todo es hospitalidad.

Todas nuestras acampadas han terminado en casa de alguna persona que nos ofrece su espacio para refugiarnos, por ejemplo la de Assad, Judai o Saq. La más bonita fue la última, a veces el azar está trazado con un hilo rojo hasta donde tienes que parar. De los cientos de ultramarinos donde venden de todo, la brújula de la intuición nos paró en la tienda de Gulnora. Al preguntarles un lugar para acampar, Farangiz, la nieta sale corriendo y viene con el abuelo, Otoqul y su madre, Mahliyo, nos ofrecen su casa, su tiempo y se convierte a pesar de la barrera idiomática en una noche en familia. Ordeñamos la vaca, cenamos, bailamos, conversamos, reímos. En menos de un día se crea un vínculo que te duele hasta la lágrima al despedirnos. Quien sabe si volveremos a verlos otra vez en la vida, pero lo que es seguro es que los recordaremos siempre. Esa es la Uzbekistán que hemos vivido hasta llegar a Samarcanda y con la que cerramos esté artículo. 75 etapas y 5.000km en una ciudad de leyenda. Es la antesala del primer proyecto, a una semana de conocer el hospital que estamos arreglando y con la energía rebosante de las experiencias vividas.

Historia

En esta etapa hemos pisado el Mar Caspio que ha reducido su superficie en tres metros desde los años 90 con consecuencias ecológicas. Pero el desastre irreparable se ha producido en el Mar de Aral. Situado entre Kazajistán y Uzbekistán. Fue el cuarto lago más grande del mundo hasta mediados del siglo XX. Durante la Unión Soviética, se desviaron ríos para convertir regiones áridas en campos de algodón. En pocas décadas, el mar se dividió, la salinidad aumentó, lo que destruyó gran parte de la biodiversidad acuática. Las pesquerías colapsaron, afectando gravemente la economía local. La retirada del agua dejó enormes llanuras salinas expuestas. El clima regional se volvió más extremo, con inviernos más fríos y veranos más calurosos. El viento esparce sales y químicos tóxicos usados en la agricultura, dañando la salud humana. Pueblos que antes estaban en la costa quedaron a kilómetros del agua. Este desastre ambiental es uno de los más graves provocados por el ser humano. Se han hecho proyectos para recuperar parcialmente el norte del mar, pero no resuelven el problema global. El caso del mar de Aral es ejemplo de los riesgos de una mala gestión de recursos hídricos y del que debemos aprender.

Para saber más

Si queréis seguir este viaje solidario podéis hacerlo en rumbosolvidados.com.

Para colaborar y conocer todos los proyectos que hemos hecho podés entrar en yoslocuento.org

Personaje

Hay personas que no son capaces de vivir una vida plena aunque tengan miles de años por delante y otras que en tan solo 57 años viven decenas de vidas. Una de ellas es Avicena, quizá uno de los médicos más importantes de todos los tiempos y precursor de la medicina moderna. Nació cerca de Bujara en el año 980 d.c. en el Imperio Samánida. En plena edad de oro del Islam, junto a Bagdad eran los centros culturales del mundo. Además de médico fue filósofo, astrónomo, científico y escribió más de 450 libros que revolucionaron la época. Con 16 años ya ejercía la medicina, y curar al emir de Bujará le abrió las puertas de su biblioteca. Su obra “El canon de medicina” estuvo vigente hasta el siglo XVII donde se quedó obsoleta. Seguro que Avicena era un superdotado adelantado a su época, pero no habría trascendido si no fuera por la enorme biblioteca a la que tuvo acceso en Bujara. Dos reflexiones me surgen, la primera es que pobreza mental tienen aquellos que al invadir destruyen la cultura de otras civilizaciones y no se aprovechan de ella. La segunda, cuantas personas con talento que pueden cambiar el mundo, han muerto por conflictos o no han trascendido por no tener la oportunidad de estudiar.