Aniversario

De Mari a Iñaki: distintas filosofías, misma pasión

Ábrego y Ochoa de Olza fueron los himalayistas navarros más brillantes

17.05.2020 | 07:21
Escena del documental 'Pura Vida', sobre el malogrado Iñaki Ochoa de Olza.

Todo resumen del himalayismo vasco estaría incompleto sin la aportación de los navarros. Sin desmerecer las hazañas de varios de ellos -Gregorio Ariz fue uno de los grandes pioneros en las aventuras extraeuropeas, y rara ha sido la expedición vasca numerosa sin alguno (por ejemplo, Xabier Erro y Xabier Garaioa participaron en la del Everest de 1980)-, hay dos que brillaron especialmente: Mari Ábrego (1944-2018) e Iñaki Ochoa de Olza (1967-2008). Dos épocas distintas, dos filosofías diferentes, pero una misma pasión por el montañismo y por el Himalaya

El 23 de octubre de 1986, cuando los medios y materiales en el montañismo eran muy distintos a los actuales, Mari Ábrego y Josema Casimiro sorprendían al mundo al coronar el K2 (8.611 metros) al más puro estilo alpino, según explicaba Casimiro: "Íbamos sin porteadores de altura, sin oxígeno, ni cuerdas fijas. Mari y yo íbamos encordados, como lo harías aquí, en el Pirineo, y ya está. Llevas todo encima y cada día montas y desmontas".

Y así, como si fuera sencillo, hasta el abrazo de ambos en la cima: "No esperábamos hacer cumbre aquel día, fue un poco de casualidad. Cuando empezamos a subir íbamos con la intención de llevar algo de equipamiento hacia el campo II, pero llegamos allí, donde íbamos a dejar la tienda y algo de comida, y recuerdo que nos miramos, vimos que estábamos bien y que el tiempo arriba era bueno y decidimos seguir. Fue así", recordaba Ábrego en 2011, en el 25º aniversario de la ascensión.

"Pura Vida" relata el intento de rescate de Iñaki Ochoa en el Annapurna.

"Entonces se iba más a la aventura. Ahora la climatología ha avanzado mucho, pero entonces no te podían decir que tal día se iba a abrir una ventana que te diera opción de llegar. Entonces no había ventanas ni historias. Nosotros íbamos ascendiendo sin más", apuntaba Casimiro.

La primera ascensión nacional a La Montaña Salvaje (apodada así por ser una de las más peligrosas) y el estilo alpino con el que se logró ha quedado como uno de los grandes hitos del himalayismo vasco y es también la guinda de la carrera de Ábrego.

El montañero de Los Arcos acabaría acumulando, además de un gran palmarés en los Andes, cinco ochomiles en su currículum (Makalu, K2, Nanga Parbat, Broad Peak y Cho Oyu) entre 1984 y 1999, así como múltiples intentos (hasta cuatro en el Everest) marcados todos ellos por la búsqueda de la dificultad y la autenticidad, por la prioridad del cómo se sube antes del subir como sea, ese riesgo por engrosar el palmarés en el que muchos himalayistas, incluso ilustres, a menudo no pueden evitar.

El flechazo de Ochoa de Olza


Lo de Iñaki Ochoa de Olza con el Himalaya fue amor a primera vista, el deseo de estar allí, y convivir con sus gentes, y subir sus montañas.

Cuando el mal de altura le mató a 7.400 metros de altitud en la pared sur del Annapurna, en mayo de 2008 -y cuando fracasó la impresionante operación de rescate de una docena de los mejores himalayistas, que intentaron lo imposible por sacarle de allí- nacía la leyenda del montañero que coronó doce de los catorce ochomiles entre 1993 y 2007 (ya solo le faltaban el Kanchenjunga y el propio Annapurna), pero que un día comentaba: "Si en el montañismo tengo que elegir entre los ochomiles que he logrado y todo lo demás, me quedo con esto último", en referencia al placer de estar en la montaña, en cualquier montaña, y hacer en ella escalada, ascensión, esquí de fondo, mountain bike o, simplemente, pasear.

Alguien que parecía haber conseguido el objetivo de ser montañero profesional, algo que no servía para hacerse millonario, ni siquiera para sentar cabeza, pero que le mantenía siempre enganchado a su deporte -instructor de alta montaña, guía en ochomiles para agencias de viajes, charlas y proyecciones, colaboraciones con diversos medios- para poder volver al Himalaya una vez más, y otra. Que el documental sobre su trayectoria deportiva se llame Pura Vida no es casualidad.

Del montañismo pionero de la generación de Ábrego en los 80 a la ilusión de la de Ochoa de Olza por hacer de él su más puro modus vivendi, es grato comprobar que el afán de aventuras no se ha quedado por el camino, que la pasión por el himalayismo permanece.